La realidad de un nuevo «modo guerra» se ha consolidado en Europa, especialmente con el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca y tras tres años de hostilidades en Ucrania. La Unión Europea, que se había enfocado principalmente en la integración económica y en la promoción de la paz, ahora se ve obligada a transformar su estrategia hacia la defensa y el rearme. La invasión de Rusia ha puesto en jaque la estabilidad del continente, llevando a numerosas naciones a repensar su papel dentro de la OTAN y a incrementar sus presupuestos de defensa. Este giro ha sido acompañado por un reclamo a los socios europeos para que eleven sus reservas de armamento, bajo la presión del liderazgo estadounidense, que plantea un incremento significativo en los objetivos de gasto militar.
Frente a esta nueva realidad, los líderes europeos han cambiado drásticamente su lenguaje y sus prioridades. En lugar de centrarse en los derechos humanos y la democracia, el discurso gira en torno a la adquisición y producción de armas. El conflicto en Ucrania ha evidenciado la fragilidad de la paz en Europa y ha puesto de manifiesto que la amenaza rusa no solo se limita a Ucrania, sino que podría expandirse a otros miembros de la OTAN. Esto ha fomentado un consenso, especialmente entre los países del este, sobre la necesidad de un rearme acelerado. En este contexto, la propuesta de aumentar el gasto en defensa, pasando del 2% al menos al 3% del PIB, se considera una respuesta necesaria a un entorno de seguridad cada vez más hostil.
La presión ejercida por la administración Trump ha impulsado a varios países europeos a establecer estrategias para reemplazar su dependencia de Estados Unidos en materia de defensa. Con la expectativa de que los recursos estadounidenses se desvíen hacia el Indo-Pacífico, se ha intensificado la cooperación entre países como Alemania, Francia y los nórdicos para delinear un plan de defensa que asuma la carga militar dentro del territorio europeo. Estas conversaciones incluyen propuestas para aumentar las capacidades de defensa de la UE y garantizar una respuesta rápida ante cualquier eventualidad, aunque las distintas sensibilidades y preocupaciones sobre cómo se define el gasto en defensa –incluyendo la seguridad interna, el terrorismo y el cambio climático– han generado tensiones y desacuerdos.
Sobre lo que se ha denominado como «econonomía de guerra», la Unión Europea ha comenzado a implementar medidas concretas para aumentar su gasto militar, resultando en un plan que podría ascender a 800,000 millones de euros. El Libro Blanco de la Defensa Europea da cuenta de estas intenciones, marcando una hoja de ruta para desarrollar una industria de defensa robusta y bien coordinada. Sin embargo, esta ambición es interpretada de manera diferente en el sur de Europa, donde países como España e Italia argumentan que deben considerarse diferentes tipos de amenazas al momento de calcular el gasto en defensa, sugiriendo que los problemas de seguridad en su región son distintos a los del este.
Así, el panorama se torna complejo, con las sociedades europeas teniendo que confrontar no solo una amenaza externa, sino también el desafío de cohesionar perspectivas tan dispares respecto a la defensa. A medida que las negociaciones para el próximo presupuesto europeo avanzan, las diferencias se hacen evidentes entre las aspiraciones del este y las preocupaciones del sur. Con el inminente aumento del gasto en defensa y la necesidad de responder a desafíos variados, el arranque del «modo guerra» en Europa no es meramente retórica, sino que tiene profundas implicaciones para su futuro geopolítico. La próxima cumbre de la OTAN será el escenario donde se definan estos balances y compromisos, marcando un punto de inflexión en la historia reciente del continente.


