La inseguridad capitalina en ojos de la gente

inseguridad en la capital

Todos vivimos días más difíciles en nuestro barrio.La señora Amelia, floridana por elección y trabajadora de la salud en el sector público, ronda los 60 años de vida y, con la jubilación a la vuelta de la esquina, nos cuenta un poco de su diario vivir. Dice que le cansa Santiago, que se quiere ir, que su barrio ya no es el mismo y que sus principales esperanzas están puestas en hacer su vida en el sur, junto a uno que otro animalito y la calma del campo.

 

Viuda producto del cáncer, madre de tres hijos y tutora de un hermano con Síndrome de Down, Amelia es una de las evidencias de un Chile pujante y autovalente, que disfruta más del armado de sus sueños que de la construcción de excusas y que, a cada paso, va notando el cambio de la personalidad de un país en franco desarrollo.

Sin embargo, Amelia repara en que hay ciertos detalles insostenibles de la vida capitalina que significan un cúmulo de riesgos que hasta hace no mucho, no existían. Tras completar dos décadas de residencia en el mismo barrio de La Florida, esta mujer ha sido testigo del avance de la delincuencia en su vecindario, de la creciente inseguridad y del cada vez más escaso respeto por los pasajes peatonales que, en el caso del suyo, son usados como vía alternativa a las avenidas, y terminan representando un peligro para niños, mascotas y adultos mayores, que no están acostumbrados al tráfico a altas velocidades por sus calles.

“Nuestra Junta de Vecinos ha hecho lo impensado para recuperar los espacios, pidiendo ayuda al municipio y moviéndose de forma particular, pero el problema es que el ciudadano debiera ser un apoyo a la prevención del delito y no el principal agente, así que finalmente vamos quedando muy solos en nuestra lucha. La plaza ha sido casi tomada por personas que vienen a consumir alcohol y drogas y los autos pasan volando por el pasaje como si fuera carrera. Necesitamos apoyo y no mil trámites que cumplir cada vez que queramos avanzar en algo”, expresó.

Claro. Es que el sentir ciudadano respecto al apoyo de sus autoridades, en muchos casos, es similar al de Amelia. Como botón de muestra, nos contó que, cuando quisieron optar a la implementación de lomos de toro en su Villa, para evitar así que los conductores eleven la velocidad frente a sus casas. Sin embargo, las medidas de apoyo municipales no fueron las esperadas y la iniciativa vecinal se fue diluyendo en el tiempo.

“Ya van un par de veces en los últimos años en que algunas camionetas muy grandes salen a altas velocidades por el pasaje. En ocasiones, parecen disputar con otras, porque salen entre balazos y gritos amenazantes. Además, uno de nuestros vecinos tuvo un grave problema con la compañía que le prestó un servicio de seguro vehicular, puesto que se le dificultó la cobertura por los daños sufridos tras el choque de su auto, estacionado fuera de su casa, con una de estas camionetas. Pero por esas cosas nadie responde”.

Una añeja polémica que siempre resurge

Innumerables son los casos de juntas vecinales que se organizan y, con o sin los permisos pertinentes, realizan un cierre perimetral de sus calles y pasajes, con el fin de evitar la intromisión de desconocidos a su vecindario y mejorar las medidas de seguridad para sus bienes y seres queridos en el hogar.

Sin embargo, la problemática surge cuando, tras la nula respuesta gubernamental, las organizaciones comunitarias hacen caso omiso a cualquier reglamento y levantan portones en las esquinas y accesos.

En palabras de Juan Pablo Contreras, funcionario de la Dirección de Protección Ciudadana e Inspección General de La Florida, “una calle es un bien de uso público, por tanto cualquier ciudadano del país tiene derecho a transitarla sin restricciones”.

El punto entonces, es que la inseguridad social y la permanente sensación de desprotección, terminan no encontrando una respuesta ágil y satisfactoria por parte de quienes, a primera vista, debieran darla.

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