Image

Tolerancia: ¿Por qué se tolera la intolerancia en universidades?

El reciente ataque a la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, ha provocado una ola de indignación en la sociedad chilena y ha puesto de relieve la creciente cultura de la intolerancia que se ha instaurado en varias universidades del país. Este acto violento no sólo afecta a la figura pública agredida, sino que también esquematiza un problema más profundo: el deterioro del diálogo y el respeto a la diversidad de opiniones dentro de las instituciones académicas. La funa, como método de coacción y censura, se ha convertido en una práctica que busca silenciar, y no enriquecer, el debate democrático, lo cual es alarmante para el futuro de la educación y la libertad de expresión.

La reacción del gobierno al anunciar una querella criminal demuestra una postura firme ante actos de violencia y la necesidad de restablecer un entorno de debate seguro y respetuoso en las universidades. Sin embargo, este contexto de agresión también pone de manifiesto la responsabilidad de las autoridades académicas que han permitido que la cultura de la funa se normalice. Con su ambigüedad y falta de acción, las instituciones han contribuido a la proliferación de un ambiente hostil, en el que las voces disidentes tienden a ser silenciadas por grupos radicalizados que no respetan el derecho a la libre expresión de ideas.

Afrontar la intolerancia en las universidades requiere un replanteamiento de las políticas de diálogo y respeto. Las autoridades académicas deben entender que la verdadera tolerancia incluye también la responsabilidad de escuchar y aceptar críticas, tanto desde el rol del oyente como del hablante. Fomentar una cultura de diálogo auténtico es esencial, donde no sólo se tenga libertad de expresión, sino también el deber de escuchar a los demás, incluso a aquellos con opiniones diametralmente opuestas. Si estos principios son ignorados, el terreno se vuelve propicio para la radicalización y la violencia.

La figura del grupo de estudiantes que agredió a la ministra Lincolao es reveladora. En lugar de ejercer el derecho a manifestarse pacíficamente, han cruzado una línea hacia el agresor, buscando disfrazar su violencia como un acto de justicia social. Esta lamentable situación no es sólo un fracaso de la educación, sino una amenaza tangible que puede obstaculizar la capacidad de las universidades para ser lugares de pensamiento crítico y libre expresión. La violencia ideológica no debe ser tolerada, y sancionar actos de agresión no significa ser intolerantes, sino defender el principio de coexistencia pacífica.

Esta crisis pone de manifiesto la necesidad urgente de que las universidades reconsideren su papel en la promoción de una cultura de tolerancia que no ceda ante la intolerancia disfrazada de activismo. Comprender que sancionar la funa no es un ataque contra la libertad de expresión, sino una salvaguarda de ella, es crucial. El camino hacia la restauración de un marco de diálogo que permita a todos participar sin miedo a represalias físicas o psicológicas es fundamental para el futuro del ambiente académico, de la convivencia y, por ende, de la democracia en Chile.

Compartir:
Tineo-Nueva Ancud: La “pieza faltante” de la transición energética del sur

Tineo-Nueva Ancud: La “pieza faltante” de la transición energética del sur

En el debate sobre transición energética, gran parte de la atención se concentra en la generación: energías renovables, almacenamiento o […]