Cuándo veremos a los indignados dejar las calles

(Columna pedida por la revista Encuentro que se publicó en la edición número 66 de febrero del 2012. Se publicó junto a otras dos columnas de Patricio Navia y Eugenio García dentro del tema “Lo que pide la gente”)

“…el canto de todos, que es mi propio canto.”
(Violeta Parra, Gracias a la Vida)

El año 2011 comenzó con las revueltas árabes. Los cables de Wikileaks y las redes sociales hicieron irresistible que una serie de dirigentes populistas, que habían ejercido el poder por décadas, mantuvieran una caricaturesca opulencia luego que esta quedara a la vista de sus paupérrimos ciudadanos. Las mismas redes sociales donde ellos accedieron a las imágenes de los excesos de sus líderes sirvieron para coordinar las convocatorias a las protestas en las que comenzaron a derribarlos uno a uno. La eficiencia de estas masivas “conversaciones publicadas” como herramienta de comunicación y coordinación comenzó a ser aprovechada por masivos grupos de “indignados” que estaban al margen de las fiestas de consumo de los países desarrollados. España, Israel y el barrio neoyorquino de Wall Street fueron invadidos por la protesta, por la molestia generalizada a las “externalidades” del modelo liberal de las democracias de occidente. Chile, con las manifestaciones estudiantiles, se convirtió en otro ejemplo de la fuerza que los movimientos sociales podían alcanzar aprovechando estas nuevas herramientas. Las redes sociales fueron mucho más que un eficiente sistema de coordinación: su capacidad para instalar en la conversación general temas sin tener que pasar por el peaje de medios masivos tradicionales demasiado comprensivos con los tiempos del poder. Manuel Castells explicó que el verdadero poder de los medios estaba en las realidades que no publicaban.
El estudiante que creía que tenía un problema personal por estar muy endeudado después de egresar de una carrera que no le aportaba nada a su futuro profesional, o el deudor que vivía agobiado por pagos mensuales que se eternizaban como resultado de atrasos en la cancelación de un electrodoméstico, de repente se dieron cuenta que había miles de otros sufriendo el mismo problema. Un engaño masivo que los medios no habían informado les mostraba que lo que creían un problema personal en realidad era un problema social que merecía ser enfrentado por el mismo Estado que había permitido el abuso.
Hay que entender que la clave de las redes sociales no pasa por lo tecnológico-Internet o la telefonía móvil-. Lo verdaderamente revolucionario es la red de conversaciones sociales publicadas que se establece entre multitudes de ciudadanos anónimos. Muchos analistas consideran que el surgimiento de las redes sociales es un fenómeno que afecta de tal manera a las comunicaciones que sólo puede ser comparado por su impacto con la imprenta. La escritura hizo que la comunicación dejara de ser evanescente y local y se extendiera en el tiempo y el espacio. Luego, el invento de Gutemberg hizo que los mensajes pudieran multiplicarse y masificarse, y ahora las redes sociales permitieron que esas audiencias masivas se empoderaran y pudieran, gracias a acciones como compartir, comentar o valorar, empezar a realizar conversaciones publicadas que también se distribuían masivamente. Facebook hizo que las redes se universalizaran, Twitter que esta conversación se diera en directo y los teléfonos inteligentes táctiles nos dejaron a todos siempre conectados a estos nuevos espacios.
Los analistas dicen que en la megatendencia del siglo que comenzó es creciente el empoderamiento de la gente gracias a los celulares, todo muestra que la capacidad de darle a los demás amplia información rápida y en tiempo real seguirá creciendo.
Una primera consecuencia de este proceso es que el mundo será un entorno cada vez más incómodo para autócratas maníacos del control informativo. Lo que viene será un mundo más transparente donde se hará más fácil enfrentar tanto abusos como discriminaciones. En nuestro pasado autoritario los tambores de radio Cooperativa nos permitían saber mucho de lo que no interesaba al poder; cuando la señal de esa radioemisora era apagada por los militares pasábamos a la radio Chilena hasta terminar en la digna Radio Carrera… Ese riesgo se desvanece. Cuando muchos entienden a Twitter como “la nueva radio” que nos conecta con lo “que hay que saber” tomamos conciencia que ya no será posible apagar estas señales.
Hay tal entusiasmo con el efecto de este contexto que aparecen voces que se dejan llevar por el vértigo de este empoderamiento colectivo y concluyen que se hará innecesaria toda forma de intermediación. En el mundo de los medios algunos creen que la suma de los bloggers hará irrelevantes el periodismo de las redacciones robustas y complejas que hoy tienen algunos diarios de las principales ciudades. Apuesto por la idea del bloguero Mathew Ingram que plantea que no hay que ver esto como un “nosotros contra ellos”, entre el sistema tradicional de medios y la inteligencia colectiva agregada de los nuevos empoderados informadores amateurs.
En esa misma línea hay quieres defienden la idea de que al tener a los ciudadanos permanentemente en línea dejarán cesantes los desprestigiados políticos como intermediarios. Esas apuestas tienen algo de seguir en la protesta callejera permanente, mantener las calles ocupadas por los indignados para siempre.
Soy de los que apuesto por la capacidad de algunos medios de canalizar la creciente participación de sus audiencias y potenciarse con la participación de ellas al tratarlas como usuarios. En esa misma línea me parece mejor la situación donde las instituciones políticas tradicionales puedan reinventarse en el contexto de esta nueva forma de comunicación desarrollando formas de mediación mucho menos rígida. Me parece el camino lógico para recuperar la confianza de los indignados para que así estos dejen las calles.
Este camino pasa por entender que tanto la audiencia como los votantes dejaron de ser invisibles, asumir que en las redes sociales los oiremos siempre, incluso cuando murmuren. Que los problemas puedan ser detectados en sus primeras manifestaciones se transformará en una gran oportunidad para las instituciones que asuman un mayor grado de responsabilidad y transparencia y sepan flexibilizarse para moverse en el nuevo contexto. En palabras del filósofo español Daniel Innerarity, no tenemos por qué elegir entre la masa de aficionados y el experto que hasta ahora ha facilitado la selección de opciones; podemos trabajar con ambos, y una mediación menos rígida me parece un camino más inteligente que reemplazar nuestra democracia por las asambleas permanentes de una política en directo.