Soberanía ¿popular?

Versión modificada de columna publicada el 29 de agosto en La tercera

Nuestra tradición democrática en Latinoamérica ha estado desde siempre dividida por dos conceptos sobre en donde reside la soberanía. La tradición Russoniana dice que en el pueblo presente en una asamblea popular. La tradición de Locke dice que en el ciudadano (el individuo o mejor, la persona) a través de sus representantes elegidos para otro tipo de asamblea: el parlamento, y en el caso de las democracia presidenciales, además para el gobierno.

Claramente en una democracia de masas la visión russoniana es inviable, si bien los pecados de la democracia representativa muchas veces la hacen aparecer como deseable. Y eso es en parte lo que ocurre hoy con el movimiento estudiantil.

Es absolutamente comprensible que para los jóvenes, idealistas como debe ser, la asamblea les parezca mucho más democrática que el frío sistema de representantes. En la asamblea hay cercanía, calor humano, cobijo y sensación de ser un movimiento que toma en cuenta mi posición. Sin duda la asamblea es un complemento de la vida democrática, pero su aplicación se reduce a grupos intermedios particulares, generalmente pequeños, pero resulta inviable a medida que la organización involucra a más personas.

Los peligros del asambleísmo son conocidos: las opiniones minoritarias o impopulares (aunque sean mayoría) tienen escasa posibilidad de prevalecer; en general tienden a estar dominadas por los grupos más comprometidos (o más radicalizados) mientras que el ciudadano de a pie queda distante. Es la dictadura de los más decididos.

Una solución o complemento a la asamblea parece ser el plebiscito, que a primeras luces vuelve aparecer como un medio muy democrático. Pero a no equivocarse, la idea misma de los plebiscitos tiene un origen absolutamente autoritario: en general tienden a ser los dictadores quienes han sabido aprovecharlos para darse un manto prestado de legitimidad. Los plebiscitos pueden ser complementarios a la democracia, pero son de aplicación limitada y requieren además una gran cuota de legitimidad; sentido de pertenecía y confianza interpersonal, algo que realmente escasea en Chile. Si no se transforman en la dictadura de la mayoría. El día que se me quede el maletín en el paradero y cuando vuelva a buscarlo, allí esté, o esté en la oficina de objetos perdidos, recién allí comenzare a pensar de que hay opción para los plebiscitos en Chile, hasta eso me seguirán sonando a Pinochet ( o yo o el caos!)

Otro complemento al asambleísmo, es la asamblea de asambleas: cada cuerpo social envía su vocero a un órgano nacional. Nuevamente eso no es democracia, es corporativismo, de fuerte raigambre fascista.

Pero la democracia representativa, para que lo sea afectivamente, también necesita de varios requisitos, y el que está fallando hoy en Chile es que no representa a cerca de un tercio de nuestra población, fundamentalmente los más jóvenes.

Ha llegado la hora de un nuevo pacto constitucional que le dé cabida a ellos en el sistema político: hay que abrir mucho más puertas a la participación y crear más democracia representativa a todo nivel. Reformas como inscripción automática y voto voluntario (aunque yo prefiero el voto obligatorio); cambio del sistema binominal, subsidios estatales para campañas o gobiernos regionales electos, ayudarían aquí.

¿Y la educación? Por supuesto también el sistema representativo debe dar solución a esa demanda, que ya no es solo de los jóvenes sino también de todas las familias que tienen hijos en edad de educarse.

William Porath
Profesor del Magister en Comunicación Estratégica
Facultad de Comunicaciones UC