¡No es la educación (ni la economía) Estúpido!

Versión extendida de lo publicado en La Segunda el 10 de agosto

Se dice que la modernidad no es un proceso uniforme sino que es un cambio que se sufre por “golpes”, que afectan distintos sectores en diversos momentos históricos para cada país, y que lógicamente buscan su espacio en el proceso de conducción política en la sociedad.

Eso es lo que pasa hoy en nuestro país, y la última encuesta CEP lo dice claramente, si uno sabe leer más allá de este People Meter que tiene los políticos actuales (y que probablemente leen tan equivocadamente como los canales de televisión).

A comienzos del siglo XX en Chile, uno de eso golpes de modernidad produje el surgimiento de la clase media formada bajo el alero del desarrollo del Estado, y poco después ella encontró su expresión política en el partido Radical, el que tuvo su momento de gloria.

Cuando nuevos empujones de modernidad golpearon a la sociedad chilena, el país pasó una crisis de representación que literalmente dejó “la escoba” en la Moneda, pero luego el nuevo sector social que ascendía, producto de esta nueva ola de desarrollo, encontró su representación en el sistema a través de la Falange, que se reseteó en la Democracia Cristina.

Una nueva fase de modernización, à la Chicagosboys, generó esta vez un nuevo partido en el sistema, la UDI, que logró con éxito dar cauce y expresión política a amplios sectores populares que hasta ese entonces no participaban del sistema. En parte el PPD también dio conducción a otro sector social emergente (más cultural que clase social) y nuestro sistema político pareció por breves instantes haber logrado su madurez, con participaciones electorales que llegaron al 95% de la población habilitada para votar.

Pero nuevamente estas instituciones sociales llamadas partidos políticos chilenos demostraron su gran incapacidad de incorporar y dar cauce y conducción a los nuevos movimientos sociales que los golpes de modernidad del sistema capitalista producen. La no participación de los jóvenes en las elecciones comenzó a aparecer como negras nubes que presagiaban la tormenta de hoy. Hasta que ocurrió lo que siempre ocurre cuando las instituciones fallan: el pretorianismo, o la acción social directa en las calles y barricadas, válvula de escape de un movimiento social que no encuentra su lugar en el sistema institucional.

Es por eso que el actual movimiento estudiantil pareciera no tener un interlocutor válido para el desesperado llamado al diálogo político. Este movimiento social seguirá siendo pretoriano hasta que no encuentre su propio espacio en el sistema político-institucional. Es más, así tiene que ser, lo otro seria cooptación (algo que el PC trata de hacer, y que la Concertación está muy lejos siquiera de poder intentar).

La generación Pingüina es probablemente más pragmática que los anteriores movimientos, que pudieron soñar con planes mesiánicos. Ellos reclamaron hace 5 años por la calidad de la educación que recibían en la educación secundaria. Ahora reclaman por los costos intolerables de la educación superior (que en definitiva son problemas reales). En cinco años más ¿por qué protestaran?

Antes de que llegue la tarjeta roja, nuestra clase política debe entender de una vez por todas que aquí no se trata de la educación, la reconstrucción, el transantiago, el empleo o la economía (¡estúpidos!) sino de un movimiento social que reclama su espacio en el sistema institucional de repartición del poder. Necesitamos lideres en todos los sectores actualmente representados políticamente que sean capaces que construir el andamiaje institucional para esta generación se pueda dar su propia conducción, de manera que no dañe el resto del sistema social. Ello lo deben hacer aun a costa de perder importantes cuotas de poder. Deben aceptar este castigo por su incapacidad de haberlos integrados antes (y de paso también satisfacer sus exigencias respecto de sus necesidades actuales: educación de calidad a costos razonables).

Como siempre, al final es la política ¡Estúpidos!