¿Cuán largo es el “tiempo”?
El tiempo es oro. Los que hemos pasado los 25, nos damos cuenta que la vida corre más rápido de lo que pensábamos. No hay segundas oportunidades. Las que vemos como tales, no son más que una ficción necesaria, para poder seguir viviendo. Por más que busquemos enmendar un error, la herida queda. Servirá como lección para no volver a cometerlo. Pero, así y todo, nos damos cuenta que no hay vuelta atrás. Una peor sensación se tiene ante un bien que no se realizó. Como que nos arrepentimos más ¿No le ha pasado lamentar no haber hecho esa llamada telefónica que lo inquietaba a tiempo? ¿O no haber saludado a quien ya se fue, sobre todo si no lo vemos más?Nos hace bien tomar conciencia de la brevedad de la vida, que está hipotecada con un plazo final, que cada minuto cuenta como si fuese el último. El accidente del avión de Air France nos recuerda crudamente que en esto de las seguridades humanas, nada está comprado. Los imponderables están siempre latiendo. Y fuerte.
Esto no es para atemorizarnos, sino para llevarnos a tomar la vida con las dos manos y encararla como lo que es: una oportunidad maravillosa de, aquí y ahora, hacer todo el bien posible, que más tarde será “muy tarde”. “El infierno está pavimentado de buenas intenciones” reza un sabio dicho. Tantas ganas de hacer cosas, proyectos inconclusos, anhelos de reconciliaciones que, de acomodados y perezosos, no aventuramos nunca a darles una respuesta. Buenos propósitos que se quedaron en el aire, en palabras de buena crianza pero de débil resolución. “Concretar” es una palabra clave para quien vive con los pies en la tierra. Por lo mismo, la conciencia de finitud, de que la vida es corta, de que no hay segundas oportunidades, nos vuelve creativos, agudiza los sentidos, despierta la imaginación, nos lleva a aprovechar cada minuto, a sacarle provecho a todos los cuartos de hora. La finitud de la existencia es un acicate para levantarnos todas las mañanas y renovar el amor a la vida, a los propios, a lo que hacemos y soñamos. Escribo sobre esto porque me toca encontrar gente que vive “chuteando” sus proyectos para adelante, para un futuro indefinido de contornos difusos, vagos, que terminan desvaneciéndose en la nada. Sobre todo en el ámbito familiar. Pareciera ser que éste es de esos espacios en que el tiempo es eterno, que vive de las rentas, de lo que sobra. Cuando se trata de la familia, pareciera ser que “siempre habrá tiempo”. Pero no es así. El tiempo que no se dedica ahora a la familia, a los propios, no vuelve más.
Buena parte de los desbandes escolares tiene que ver con la falta de tiempo familiar. Nuestros adolescentes – porque en esto somos todos responsables – están casi abandonados a su propia suerte. Las vivencias familiares en todos los estratos se hacen cada vez más escasas, inconsistentes, de poco contenido, llenas de horas de televisión, eventos deportivos o entretenciones de centro comercial. Se que no hay que generalizar, pero las tomas escolares son una advertencia, una bomba de tiempo latente, una buena severa invitación a invertir más en lo propio, afinar aún más nuestra disponibilidad a construir “tiempo” en la familia. Lo que no se hace ahora, no se hace nunca. Y esto, en el plano familiar, puede tener un costo enorme: tiempo invertido en la familia es siempre tiempo ganado.
P.Hugo Tagle M.