Sonó la campana. Comienzo de clases.
Somos algo masoquistas y tendemos a proyectar en marzo parte de nuestros temores. Pero, en el fondo, nos alegramos de que comience la actividad del año. Reconozco sí, que podría comenzar más dosificada, no todo de golpe. Así y todo, nos hace bien la vida tal cual es, con su dosis de adrenalina. La culpa del “estrés de marzo” no es de este mes, sino que debemos buscarla en otras partes. Entre otras, en ese antojo de acumular cuanto compromiso existe en estas pocas semanas. De ahí que aplaudo la propuesta de llevar el pago de patente a otro mes. Así al menos se descongestiona este apaleado tiempo.
Los meses de verano terminan cansando, sobre todo si han sido “ajetreados”, de esos en que se termina más estresado que despejado. Como me decía un alumno en relación a las salidas de fin de semana: “la verdad, me alegra que llegue el lunes, así puedo ordenarme y descansar”. Al observar cómo algunos chilenos hacen vacaciones, creo que más de uno debiera ordenar sus prioridades y pensar si las aprovecha bien. Materia de reflexión. Ahora quiero detenerme en otra cosa: el inicio de los colegios.
La educación será tema este año. La educación privada no puede cantar victoria, ya que sus índices tampoco dicen gran cosa: de acuerdo a estándares internacionales, no pasamos de una discreta medianía en ítems como lenguaje, matemáticas y ciencias.
Buena parte de la enseñanza aún se da en los propios hogares. Se nota el alumno que cuenta con un acervo cultural familiar, donde se dialoga y debate en torno a la realidad crítica y razonablemente; donde se produce intercambio de ideas, se crece en tolerancia y respeto al otro. La curiosidad por saber, aprender cosas nuevas, aplicar lo aprendido, se da en buena parte en las casas. La educación chilena tiene un tope en la configuración familiar, la que muchas veces es desarticulada, disfuncional, entrampando el proceso de aprendizaje infantil y juvenil, sobre todo los primeros. No podemos pedir milagros a la educación. Muchos padres enfrentan la educación como un “problema de otros”; traspasan la responsabilidad a los profesores, desentendiéndose o tomando a la ligera su cuota de responsabilidad. Me consta que eso está cambiado. Los colegios exigen más de los padres, comprometiéndose en el desarrollo y progreso de sus hijos. O remamos todos para el mismo lado, o el niño peligra en su formación.
Niños creativos, curiosos, empeñosos, surgen de familias que han hecho de la cultura, tesón, creatividad, dedicación y disciplina sus propios valores. Éstos no se pegan con cola fría en las salas de clase. Buena parte del primer estímulo, fundamental para el desarrollo infantil, sigue encontrándose en la propia casa. Si hay apetito por aprender, disciplina en el manejo de tiempos y prioridades, es producto de buenos ejemplos, la mayoría domésticos. La escuela o colegio sacará punta al lápiz que le pasen: No hace el milagro de fabricarlo. Así y todo, hay muchas excepciones que nos confirman que la escuela puede lograr grandes avances a pesar o incluso en contra de la actitud hogareña. Pero remaríamos más rápido y llegaríamos más lejos si el carro de la educación es empujado por todos y no se abandona a la pura responsabilidad docente. Pues nada, que a tomar el bolsón de los hijos y hurgar un poco en él. Que nos encontraremos con sorpresas.