Solo gracias. A los 30 años de la Teletón.

Las noticias corren tan rápido que, quizá a cuatro días ya no tenga mucho valor, pero la verdad, esto de la Teletón nos ha hecho muy bien. A más de uno le provoca escozor tanto color chirriante, ese regusto a salsa caribeña y picante que casi saltaba por la pantalla para mancharlo todo. Pero, si no fuera así, no sería la Teletón y perdería buena parte de su encanto y magia. Llegó la hora de entender que, hacer el bien, no es ni aburrido, ni soso, ni gris. Poco a poco nos hemos dado cuenta que la bondad viene revestida de colores alegres, casi eléctricos; que es fuente de creatividad, de ganas de vivir. No faltará el que nos recuerde “que tu mano derecha no sepa lo que hace tu izquierda” pero, así como eso es cierto, no lo es menos que la bondad debe ser anunciada para ser creída e imitada. Nos hace bien comentar y saber del bien que otros hacen. La bondad requiere de su cuota de exposición, que no le destiñe ni opaca.

La Teletón nos inyectó un aire de optimismo que comenzábamos a extrañar. Demasiados pronósticos fatídicos nos estaban bajoneando en extremo. La racha de malas noticias de las últimas semanas nos ahogaba. Faltaba oxígeno. Nos estaba lloviendo sobre mojado. A más de uno le habrá parecido toda esa  parafernalia un mercadeo de la solidaridad, con aires de fríos y mezquinos intereses antes que una muestra de generosidad desprendida. Puede ser. Pero, sumando y restando, el fenómeno se deja vivir y de lo más bien.

Dejando de lado algunas excentricidades – como esas aportaciones millonarias que nos quitaron el aliento – lo que abundó en esas 27 horas maratónicas fue una solidaridad espontánea que supo hacerse cargo del evento y hacer sentir a cuanto chileno mirara la tele que él era actor principal de una aventura que dependía de su entusiasmo, generosidad y buena voluntad. Se supieron explotar las emociones fuertes, como las que se gatillaron ante el testimonio de esos niños de los que, humanamente hablando, esperábamos poco y nada. Los milagros existen. Y la teletón se ha encargado de confirmarlo.

El siglo XXI será de grandes gestas solidarias. En varias latitudes se percibe que, sin tender una mano al vecino, no hay civilidad que aguante. El dolor ajeno se transforma en el propio y, en la medida es que me hago cargo de él, yo mismo crezco en humanidad. Estamos aprendiendo que el otro no es un sujeto que pasa sin más, sino que puede ser yo mismo y su destino tarde o temprano se entrelaza con el propio.

Esa es una de las señales que se mandaron desde las pantallas a todos los chilenos. Esos niños no son de la teletón: son de todos. Y su recuperación no es ocupación de unos pocos, de los que están detrás de esta faraónica empresa, sino que me atañe y toca a mí. Ahí estuvo lo mejor: de la extrañeza ante el otro, pasamos a ocuparnos y sensibilizarnos ante su destino. Porque quizá yo mismo o uno de los míos pueda ser el próximo que requiera de una teletón.

Nos hace bien tener un don Francisco, quien en su genialidad supo explotar lo que no todos ven: que son más los aspectos que nos unen que los que nos separan, lo que suma que lo que resta, los aciertos colectivos antes que los fracasos. En la solidaridad nos encontramos todos. La vida de un puebo se juega en sus sueños, alegrías y tristezas compartidos. La teletón lo mostró y permite que esos sueños vivan.