A propósito de Hannah. El valor de la vida
Hace unas semanas la prensa comentó la decisión de una niña inglesa, Hannah Jones, de no someterse a un trasplante de corazón. Éste sería necesario producto de su acelerado debilitamiento, gatillado por un tratamiento contra el cáncer. Junto a sus padres, decidió libremente renunciar al transplante y otras intervenciones igualmente invasivas.
Al momento de escribir estas líneas otra niña, Francisca Ovalle, lucha por la vida en un hospital de Santiago tan enconadamente como Hannah, solo que sus padres esperan un trasplante de su debilitado corazón.
La lucha de Hannah y ahora la de Francisca han dado pié para que algunos grupos a favor de la eutanasia volviesen a insistir en su legislación. Vale decir, permitir que se acelere artificialmente la muerte cuando ésta pareciera inminente; cuando otros, como los parientes o padres, consideraran bueno su término o simplemente cuando no se quiere vivir más.
La pregunta es ¿Fue razonable y justa la decisión de Hannah de renunciar al trasplante y a tratamientos médicos excesivos? Sí, completamente. El magisterio católico se expresa en decenas de declaraciones sobre la responsabilidad personal ante decisiones de ese tipo. Hay derecho a decir “no” ante un tratamiento invasivo, excesivamente oneroso y de resultados inciertos. La declaración pontificia Iura et Bona del año 1980, entre otros documentos, señala: “es siempre lícito contentarse con los medios normales que la medicina puede ofrecer para paliar una enfermedad. No se puede, por lo tanto, imponer a nadie la obligación de recurrir a un tipo de cura que, aunque ya esté en uso, todavía no está libre de peligro o es demasiado costosa. Su rechazo no equivale al suicidio: significa más bien la aceptación de la condición humana, el deseo de evitar la puesta en práctica de un dispositivo médico desproporcionado a los resultados que se podrían esperar. O bien una voluntad de no imponer gastos excesivamente pesados a la familia o la colectividad”.
En ese sentido, Hannah y sus padres no han buscado “acelerar su muerte” vale decir “eutanasia”. Solo quieren paz, seguir utilizando los medios médicos paliativos normales y dejar que la naturaleza siga su curso. Ella y sus padres han dado muestras de un profundo apego a la vida, una lucha admirable contra la muerte y deseos de vivir, habiendo para ello utilizado todos los medios a su alcance para recuperar su salud. Como ya lo han expresado, probaron decenas de caminos, consultaron muchas opiniones, hasta encontrase con los límites de la medicina y de toda técnica humana.
El trasplante para Hannah y para cualquiera, es de alto riesgo y de inciertos resultados. Nadie está obligado a tomar medidas desproporcionadas, onerosas o arriesgadas para curarse. Así y todo, el anhelo de vivir existe, fue impulsado y estimulado siempre.
De seguir las recomendaciones de los que están a favor de la eutanasia, Hannah hace tiempo que hubiese sido “conducida a la muerte” en forma artificial, induciéndola a morir. No hubiese tenido la oportunidad de dar la pelea que dio por vivir: otros se la hubiesen robado sin más, aleatoria y prematuramente.
El testimonio de Hannah da razón de lo perverso que resulta la eutanasia, una forma “artificiosa y dulce” de deshacerse de quienes, para algunos, solo estorban o producen gastos excesivos. Es expresión de sumo egoísmo, donde otros deciden cuándo y cómo alguien debe morir o no, por la sencilla razón de que consideran que no vale la pena que siga viviendo, lo que resulta a todas luces inhumano.
P.Hugo Tagle
Teología UC