Desde el dolor a la esperanza – La tragedia de Putre
“El Señor es mi pastor, nada me falta; / Aunque pase por oscuras quebradas, no temo ningún mal, porque tú estás conmigo, tu bastón y tu vara me protegen” reza el salmo 23. La sorpresiva muerte de 9 alumnas adolescentes del Colegio Cumbres sobrecoge y hiere en el alma. Luego del dolor, vendrá la calma y, con ella, una mayor claridad sobre el sentido de un sinsentido como la muerte abrupta de quienes se encontraban al inicio de su camino de vida. Las palabras del salmista nos introducen en el misterio del Dios que acompaña, que se compadece y “conoce a sus ovejas”. Desde ahí se puede aventurar un acercamiento al dolor humano. Cuando las palabras quedan cortas y resultan inconsistentes, solo permanece el silencio que nos abre al amor del Dios que es Abba, Padre.
Esa actitud sencilla y humilde, abierta al misterio, es la que permite comprender mejor la voluntad divina. Ella lleva a leer ese hecho doloroso como una invitación a confrontarse con el don gratuito de la vida y con sus misteriosos caminos. Al final, tras las dubitativas explicaciones humanas, solo queda guardar silencio, balbucear una oración, bajar la vista, ponerse de rodillas ante el misterio insondable de la voluntad amorosa de un Dios que es Padre y que solo busca el bien de sus hijos; bien que no siempre entendemos, que nos deja perplejos, que nos confunde y hiere.
Jesús, adoptando nuestra humanidad, conoció el dolor humano, lo padeció y por lo mismo se com-padece con el hombre, también en la impotencia ante un golpe que nos quiebra. Él no buscó entregar ahora la última explicación al porqué de la sinrazón de los dolores humanos. Es presencia que acompaña, asume y sufre al lado de todo aquel que llora.
Junto a la fe, el amor. Jesús, en su paso humano, no se agota buscando comprender el dolor. Llegó un momento en la vida de Cristo en que se borraron todas las respuestas y quedó en pie solo un por qué. No hay pregunta más sensata y más humana que este por qué cuando no se ve la razón de una suprema sinrazón. En Cristo se nos muestra definitiva y firme una fe en Dios desde el “por qué” sin respuesta empírica posible. Y ahí es cuando comprendemos como Dios ama al hombre. Como todo hombre, Jesús preguntó desde su impotencia dolorosa. E invita desde ahí a asentir como hijo a la voluntad del Padre Dios. Cristo ha creído en su Padre no a pesar o al margen del dolor, sino desde su profunda experiencia; ha dado testimonio de su fe en Dios desde la soledad indescriptible de quien padece.
Las explicaciones humanas se hacen nada ante este misterio. En la eternidad, de cara a Él podremos preguntar: ¿Por qué? ¿Por qué así, de esta manera, sin poder decir adiós? Ni despedidas, ni abrazos, ni perdones. 9 niñas abruptamente arrebatadas de la vida; ahí, en su plenitud y lozanía de vida.
Pero no hay dolor estéril. Nos encontramos ante jóvenes creyentes, de familias de profunda fe, como lo han testimoniado en las últimas horas. A ellas vaya un “muchas gracias” por su testimonio de fe serena, sólida, confiada. La oración silenciosa de cientos de personas, las cuentas de Rosario y las celebraciones de la Eucaristía en que se han reunido muchos fieles, dan testimonio de que la fe vivida y solidaria en el dolor, no cae en el vacío. Trae frutos enormes, misteriosos y fecundos. Su comunidad escolar sabrá sacar frutos provechosos de las lágrimas derramadas en estos días y los próximos. Frutos de fe, amor y esperanza para muchos.
El Señor las llamó bajando de las cumbres. Las alturas de Putre y Chungará, en ese rincón apartado de Chile, son un hermoso preludio de la patria definitiva. Está muy cerca del cielo. Para ellas, ésas fueron las últimas impresiones antes de partir al único y definitivo cielo. Ahora contemplarán otros parajes, otras praderas; verán otros colores, pero siempre semejantes a los que llevaban en su corazón. La tierra, lo sabemos, va preparando el camino al cielo.
Pero no se despide a quienes vivirán siempre en el alma de los suyos. Desde allá, en lo insondable del corazón de Dios, participarán de su paz. Encontrarán la morada definitiva, plaza de juegos, alegría y canto. Es la casa del Padre bueno y fiel, el lugar del consuelo y amor que no pasa, que es alegría perenne, gozo de luz en su regazo.
P.Hugo Tagle