Discusión acerca de El Señor de la Querencia

La discusión planteada en algunos diarios de Santiago (junio 2008) acerca de la veracidad histórica de la telenovela nocturna de TVN tiene dos dimensiones muy diferentes:

a) por una parte la ficción de la telenovela es una representación fingida, imaginaria, a la cual se le exige que sea verosímil - la ficción no narra algo particular sucedido históricamente en el pasado; es una narración imaginaria producida por la creatividad de un narrador, pero que podría haber sucedido; lo verosímil ficcional es diferente a la “verdad historiográfica”. Ya que la ficción no es historiografía crea un universo imaginario autónomo de su referencia histórica; la verosimilitud ficcional es un juicio interno a la obra imaginaria. Esta autonomía es propia del arte.

b) por otra parte, es posible preguntarse si la representación fingida es verosímil históricamente – es decir, aún dentro del fingimiento si tendría relación verosímil de representación externa; lo externamente inverosímil podría constituir una ficción completamente alejada – anacrónica – del verosímil socio-histórico de la época; pero aún los anacronismos se aceptan en la ficción, ya que hacen lecturas ficcionales del pasado en clave actual; existen telenovelas con personajes protofeministas, o con amores expresados más bien con significantes actuales. Los anacronismos se aceptan como representaciones actuales proyectadas hacia el pasado ficcional, lo cual “actualiza” ciertas narraciones. El proceso es inverso a narraciones pasadas que son “releídas” con elementos presentes para actualizarlas y volverlas cercanas al mundo actual: la pintura religiosa cristiana occidental ha adoptado durante muchos siglos (desde que se abandona la reproducción hierática del icono griego) estas relecturas de actualización del Evangelio, con signos contemporáneos como rostros, vestimentas y escenografías.

Las acusaciones de algunas personas contra “El Señor de la Querencia” van más allá del anacronismo ficcional o de una relectura actualizadora; van por el lado de representar costumbres y relaciones que no han existido historiográficamente; pero se atribuye una intención; esto es, ni siquiera se atribuye un error o una equivocación por ignorancia sino la intención de falsificar y sesgar deliberadamente la historia pasada; es decir, ya no estaríamos en el terreno de la ficción compartida como imaginaria sino de un engaño de representación historiográfica, atribuyendo a los creadores-realizadores una ideológico-política, más o menos encubierta.

Sería muy valioso que las amenazas de acusar judicialmente a los creadores de la telenovela se llevaran a cabo; permitiría revivir el juicio (1857) a Gustave Flaubert en torno a Madame Bovary; con respecto a la creación del personaje fingido, Flaubert podía decir: “Madame Bovary soy yo”.

En relación a la acusación de inverosimilitud externa en la telenovela “El Señor de la Querencia”, y más aún de sesgo falsificador, las intervenciones de historiadores de diversas tendencias (El Mercurio 28 de junio 2008, pg. A 26; la Tercera 29 de junio 2008, pgs. 18-19) han dejado en claro que el tipo de relaciones aludidas en la telenovela constituían prácticas usuales de esa época histórica. No eran las únicas prácticas, ya que documentadamente existió un trato paternalista; pero las ficciones narradas son historiográficamente verosímiles en su época; sin embargo no es historiográficamente posible entregar datos estadísticos seguros acerca de la frecuencia de los diversos comportamientos sociales de la época. Se ha mencionado obras literarias chilenas como “Gran señor y rajadiablos” de Eduardo Barrios, “Casa Grande” de Luis Orrego Luco, “La casa de los espíritus” de Isabel Allende, en donde también aparecen ficcionalmente las mismas costumbres aludidas en la telenovela. Los estudios historiográficos sobre los “huachos” de Gabriel Salazar y de Sonia Montecinos señalan la habitualidad del abuso sexual en Chile y toda la América colonial, heredero del derecho de pernada medieval traído por los españoles, y su importancia para el mestizaje.

El valor de la ficción de época no es la del texto científico historiográfico, sino el permitir acercarnos a otras edades y practicas socio-culturales para disfrutar de una narración imaginaria, y comparar, desde lo fingido, con nuestra vida social; en su diversidad ficcional y epocal aparecen diferentes visiones y “espíritus de la época”, otra racionalidad interna que los hacía más o menos aceptables – como hoy inaceptables.