La televisión comercitaria
La televisión chilena nació ambigua. En la época de su fundación, los gobernantes y legisladores de la época, intuían la necesidad de que este poderoso invento sirviera de aliado para contribuir a la superación del subdesarrollo a través de la masificación del acceso de toda su población a la cultura, la educación y al sano esparcimiento. (Artículo publicado en el libro “50 años de la televisión” editado por nuestra Facultad)
Para hacer efectivo tal propósito, primero le entregó la concesión de uso de este bien común, denominado espectro radio eléctrico, a las universidades y posteriormente al Estado. El proyecto tenía una misión, pero al poco tiempo de andar se constató que no tenía los recursos para financiarla. Así es como nació sin proponérselo, la televisión “comercitaria”, dando inicio al más original modelo de televisión del mundo: una televisión de propósito cultural financiada por el mercado, modelo, que a pesar de su ambigüedad señalada, logró producir televisión de gran calidad durante casi treinta años, hasta que los cambios tecnológicos y su consecuente efectos en la industria lo hizo insostenible.
En este escenario fundacional en que tendría que desenvolverse la televisión chilena, canal 13 fue el primero, yo diría desde su fundación, en crear una gerencia comercial y establecer los nexos entre la televisión y el mercado. Ese pragmatismo para resolver “visionariamente” el pecado de su origen, le permitió financiar, con recursos provenientes de su gestión comercial, su misión de canal universitario e incluso, de disponer de importantes excedentes económicos que pudo traspasar a su concesionario durante casi tres décadas.
Por otra parte, el canal de la Universidad Católica de Valparaíso, el más antiguo (octubre de 1957), tuvo el mérito de entender que para vivir en la ambigüedad de servir a esos dos patrones (la cultura y el mercado), tenía que permanecer como una estación de bajos costos, pero también de bajos ingresos, propósito efectivamente logrado durante estos cincuenta años.
No corrió el mismo destino el canal de la Universidad Católica del Norte, después de un largo periplo, termino siendo la extensión norte del canal de Valparaíso.
Canal nueve, el canal de la Universidad de Chile, siguió un camino distinto. Su historia estuvo marcada desde sus inicios por la lucha entre diferentes grupos ideológicos obstinados por obtener su control, generando así, múltiples y erráticos vaivenes que marcaron severamente su destino. Al contrario de lo que sucedió con la Universidad Católica, la Universidad de Chile financió, durante toda su historia, el enorme déficit que le producía su canal. Así logró, al igual que canal 13, algunos notables destellos creativos en el cumplimiento de su misión como fueron las versiones adaptadas para la televisión de importantes piezas de dramaturgos nacionales, programas de entrevistas televisivas, programas de ciencia, tecnología, televisión educativa, programas infantiles y tantas otras ideas programáticas que hasta hoy permanecen como número fijo en sus parrillas de programación.
Al final de la década de los ochenta, junto con el advenimiento de la democracia, hizo su estreno la televisión privada. Su fin último ya no era la cultura, sino el lucro y/o el poder.
A los cambios políticos, le siguieron importantes cambios tecnológicos y económicos, que junto con el desarrollo del cable, Internet y las nuevas tecnologías de entretención, inauguraron una nueva época para la industria de los medios. Para los canales universitarios, entonces, se hizo cada vez más difícil conciliar su misión cultural con la necesidad de financiar el aumento creciente de sus costos. Costos que se derivaban de la necesidad creciente de producir cada día más horas de televisión propia como consecuencia de la migración de la televisión envasada de origen internacional a la televisión de pago y de cable, como primera opción de exhibición. El dilema original de tener que servir a dos patrones se agudizó al extremo, hasta que sin declararlo, llegaron a la convicción de que no era posible equilibrar la tensión entre esos dos propósitos, como sí lo fue posible en su primera época.
La multiplicidad y calidad de los cambios producidos en la industria de los medios, le quitó a la televisión abierta su condición de oligopolio, y al perder su posición dominante en la industria, a los canales no les quedó otra alternativa que optar por el camino más seguro para sobrevivir en un espacio saturado de oferta de múltiples otros medios. Fue así como la TV decidió, implícitamente, ajustar sus equipos humanos y contenidos a los nuevos requerimientos del mercado, ávido de morbo y necesidades de evasión. Los nuevos cuadros ejecutivos se lanzaron la conquista del “rating”, como única forma de supervivencia, dejando de lado a la mayoría de los programas no rentables, programas entre los que se encontraban, lamentablemente, los de propósito cultural. La televisión por cable con una variada oferta había llegado para satisfacer esa demanda, claro, eso sí, solo para los que podían pagar.
La Universidad de Chile al principio de la década del noventa, fue la primera en renunciar a la quimera, y así fue que con un artilugio digno de juristas posmodernos, vendió la explotación comercial de su concesión televisiva (ya que por ley no puede vender la concesión misma). Su propósito fue claro: deshacerse del déficit que les generó su administración desde el comienzo, por la inviabilidad, según ellos, de seguir apostando por conciliar lo inconciliable. El principal argumento de la universidad para justificar esta decisión fue que esos recursos los destinarían a sus funciones principales como la docencia, investigación y extensión. El comprador de la “concesión de la explotación” de su frecuencia fue el “Grupo Cisneros” de Venezuela, propietario de “Venevisión” (y de ahí el título de Chilevisión con que se instalaron en Chile). La historia posterior es bastante conocida: después de sucesivos propietarios, la concesión de la explotación de la frecuencia llegó a manos de un empresario exitoso, el que hoy, desde la óptica privada y sin obligaciones éticas que obliga el ser universitario, quizás pueda conciliar el negocio y el poder sin perder nada.
La televisión del Estado, hoy llamada pública o “publicitaria”, corrió el mismo destino. La proclamación de su misión y valores aprobada por ley, contó con los votos de la mayoría, pero al igual que la televisión “comercitaria”, sus loables propósitos debían ser financiados por el mercado, o sea, lo mismo que lo anterior, pero con otro nombre.
Alguien dirá que el Estado, a través del Consejo Nacional de Televisión, subsidia la innovación y la cultura, pero quizá no todos saben, que el monto dedicado a aquello representa solo el
0,7 % de la inversión de la publicidad en televisión.
Me queda solo una reflexión sacada de un artículo que escribí en el Libro del Año de “El Mercurio” en 1993: “Es tan fuerte la carga de transformación contenida en los medios, que una cultura que no esté fuertemente fundada en valores, está destinada a ser absorbida y disuelta en la eternidad de lo transitorio y condenada así a la incomunicación perpetua”.
Ojalá que lo que venga en la televisión chilena, me refiero a sus contenidos, nos ayude a vivir el tiempo, y no a matar el tiempo.