SIETE VECES SIETE

SIETE.jpgLeí por ahí, que la sabiduría consiste en saber encajar en tu tiempo. Esto significa abrir nuestras conciencias a la idea que cada siete años cumplimos una etapa de la vida que debemos aprender a reconocer. Lo aprendí en el curso de teología moral dictado por el padre José artega S.J., y de otras fuentes de la sabiduría oriental. Aprendí, también, que todos estuvimos en el paraíso cuando estábamos en el vientre de nuestras madres, y que lo que hacemos después es una larga peregrinación para volver al vientre del universo que es Dios.

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En los primeros siete años se construyen nuestros cimientos afectivos sobre los cuales nos paramos toda la vida. Lo bueno y lo malo es lo que nuestros padres nos dicen que es. Entre los siete y los catorce años nos instalamos en el mundo, establecemos los nexos con la sociedad, iniciamos el camino del aprendizaje y el conocimiento. Lo bueno y lo malo lo determina el grupo de amigos y/o compañeros del colegio. Entre los 14 y los 21, vivimos el proceso de maduración moral. Es en esta etapa cuando se acrisolan los ideales. Lo bueno y lo malo lo determina un ideal. Entre los 21 y los 28 iniciamos el proceso de “meiosis”, ósea, la separación de nuestra unidad de origen que es la familia. Es la edad del amor en serio, la edad dónde la mayoría inicia su relación de pareja y algunos fundan una familia, que es otra cosa, la diferencia está en el compromiso. Lo bueno y lo malo es algo que yo defino, iniciando así mi plena autonomía moral. Entre los 28 y los 35, decía “Confusio”, se inicia la travesía para cruzar el gran lago de la vida. Es el período en el cual nuestros hijos son pequeños y nosotros, al igual que nuestros padres, somos sus referentes. Es el período de la pasión y entrega, vivimos por ellos y para ellos. A los 35 estamos en el centro del lago. Entre los 35 y los 42, nos arrimamos a la otra orilla, nuestros hijos son preadolescentes, y entramos en una crisis existencial debido a que nos negamos a llegar a la otra orilla. Nuestro cuerpo ya no es el mismo y tratamos de postergar lo inevitable: la fuerza que nos vuelve a la tierra. En esa edad coinciden dos crisis, la crisis de la otra orilla y la crisis del inicio del camino de nuestros hijos adolescentes. Entre los 42 y 49 empezamos a prepararnos para ese momento en dónde el espíritu se eleva y el cuerpo se agacha, iniciando así nuestra vuelta al origen. Es el momento en dónde nuestros sentidos se abren con potencia a la naturaleza. Descubrimos la belleza y la verdad en lo cotidiano, en lo simple. Descubrimos la fragancia de las flores, la caricia de una brisa helada, de un amanecer y de un cielo cargado de nubes o estrellas.

7 veces 7= 49. Es un punto vital, comienza el camino de divinización, de la búsqueda del “Imche”. Voz mapuche que significa en el lugar dónde estoy. Mis anclas, mis raíces, mis fundamentos. Entre los 49 y los 56, se vive el gozo de lo que tenemos, y nos desprendemos del dolor de lo que no tenemos. Entre los 56 y 63, iniciamos el camino de la reconciliación con la vida, con el otro, con lo otro. Las cosas fueron lo que fueron y no lo puedo cambiar. A partir de los 63, se inicia el camino del desprendimiento, el de asumir la pobreza como un don. Me refiero a la pobreza que nos indica Jesús en el sermón de la montaña. “Felices los que elijen ser pobres porque de ellos será el reino de los cielos”. En un sentido figurado, es morir, antes de morir. A partir de ahí, todo lo bueno que pasa es un regalo, y lo malo, un nuevo aprendizaje.




Por: Carol Crisosto Cádiz — 2008-01-05

Estimado Cristián: que el 2008 sea un excelente año para ti. espero que sigas planteando, como siempre, tus interesantes y sinceros puntos de vista.

Ánimo y suerte con lo que te propongas.

Saludos de una bloguer políticamente distendida.

http://onlinecarolonline.blogspot.com/2007/12/el-diario-de-carolonline-entre-los-10.html




Por: Carol Crisosto — 2007-11-27

Sin duda he encontrado en tu escrito un recreo para confimar el valor de la vida hoy. Experimentar cambios y sacar lo mejor es si duda volver a nacer.Saludso de una vieja niña.




Por: Rosa Cruces S. — 2007-10-03

Me pregunto ¿que habría sido de mi vida ? , si hubiese tenido esta información hace 42 años . Sin duda nada de lo vivido sería diferente , la omnipotencia de la juventud impide ver mas profundo que nuestras sensaciones , las estapas descritas las viví intensamente ,como solo sé vivir , y ahora se repiten en mis hijos reflejandome el pasado donde los recuerdos me enseñan el amor por la vida , recuerdos que me hacen citar a San Agustín cuando dice “Ama y has lo que quieras” . Solo el amor nos hace soportar el dolor del parto de nuestros hijos , cuando nacen, crecen, sufren , se enamoran ,se van. Luego comienza nuevamente el ciclo y vemos nacer, crecer,sufrir enamorarse a nuestro nietos ,el parto continúa hasta nuestra propia partida al encuentro de Dios , unificandonos con Él , volviendo al inicio para comenzar una vez más ¿con más sabiduría?




Por: Pablo Julio — 2007-09-13

Aquí va un texto de otro cautivado por el siete.

Francisco Sizzi (astrónomo florentino contemporáneo de Galileo)

“Hay siete ventanas en la cabeza: dos orificios en la nariz, dos ojos, dos oídos y una boca; así, en los cielos existen dos estrellas favorables, dos no propicias, dos luminarias y, Mercurio, sólo, indeciso e indiferente. De éste y muchos otros simples fenómenos de la Naturaleza, tales como los siete metales, etc., que sería tedioso enumerar, llegamos a la conclusión de que el número de planetas es, necesariamente, siete… Además, los judíos y otras antiguas naciones, así como las europeas modernas, han adoptado la división de la semana en siete días y las han denominado según los siete planetas; si incrementamos este número todo el sistema falla… Asimismo los satélites son invisibles a simple vista y, por tanto, no pueden tener influencia sobre la Tierra, son inútiles y, en consecuencia, no existen”.