Las palabras en el tiempo (2)
Psique: la magia que vence
Pese a la tiranía de lo exterior, la historia de la cultura se ilustra y complementa con una sucesión de ejemplos venidos de otra dimensión de la realidad: la psique, término derivado también de la mitología griega, donde Psyché encarnó a una joven tan hermosa, que incluso provocó la envidia de la más bella de las diosas, Venus, quien ordenó al mismísimo Cupido que le inspirase una pasión indigna para destruirla. No obstante, era tal el encanto de la joven, que el mensajero del amor terminó rendido a sus delicados pies, y lo peor, con una argolla de compromiso en sus manos.
Nacida para seducir, la psique es el territorio encantado, aquella zona tan extensa que sólo puede caber, contenerse, en uno mismo. La psique es la dimensión interna, subjetiva, de libre arbitrio, cuyo poder radica en la capacidad de abstraerse de las categorías espacio-temporales objetivas, refiriéndolas a voluntad.
Para la psique no importa la huincha, la vence con su magia. En su esfera se juntan las distancias, lo ancho se estrecha y lo corto se alarga; lo amplio se reduce y lo pequeño, crece. Tampoco existe el horario, pues de ella dependen las nociones de pasado y de futuro, y, si en algo se distrae, es trayendo al presente los recuerdos (otros tiempos) y las utopías (otros tiempos también).
La psique encanta al reloj y juega con sus pasos rígidos de enamorado adolescente. Para ella, femenina como es, una hora puede ser nada y un segundo toda la vida.
Sólo por medio de la psique se pone en duda la idea de tiempo de Bergson, pues si bien nunca se puede “hacer todo a la vez”, al menos en sus dominios se experimenta la simultaneidad, dado que siempre se añora y proyecta desde el hoy, o lo que es lo mismo en la dimensión espacial: el allá, vivido o por vivir, sólo es posible desde un acá.
Los individuos y las sociedades coexisten en estos dos planos de realidad: el cronos y la psique, y de su dialéctica -que remite sincrónica y respectivamente a la razón y la emoción- surge un estado -exterior e interior, físico e imaginario, exacto y difuso, sensible e ideal, concreto y quimérico a la vez- que se denomina plenitud de conciencia.
Dicho estado no es lo uno ni lo otro, sino la interacción de ambos: se vive en la realidad observada y lo objetivo es parte de la fantasía. Al inclinarse la balanza se pierde la plenitud y lo que era real deviene en real‑ista, mientras lo mental se hace de‑mente.