Febrero, el periodismo y el Transantiago

El gobierno y la Presidenta pierden popularidad durante el verano, informan las encuestas. Las razones se pueden atribuir al comienzo medio catastrófico de la implementación del Transantiago. Los sondeos de opinión que informan sobre esta caída de las autoridades en la evaluación ciudadana indican también que la oposición mantiene su mala nota y que no sabe capitalizar adecuadamente los fallos y las adversidades del gobierno. Agrego yo a estas consideraciones que la prensa, particularmente el periodismo televisivo, tampoco sabe capitalizar oportunidades noticiosas como ésta del Transantiago.

Cuando digo capitalizar me refiero a multiplicar los enfoques informativos, los ángulos críticos, los flancos documentales, las interpretaciones proyectivas. Es decir, rentabilizar periodísticamente los acontecimientos.

Tengo la impresión de que una inercia que apareja los ciclos de la inteligencia y la laboriosidad con el calendario jugó en contra de esta oportunidad. La televisión, los noticiarios de televisión y sus departamentos de prensa –particularmente sus editores– nos han hecho aceptar que en febrero hay menos noticias: decae la actividad política, la actividad judicial, el fútbol. Esta menor oferta no es compensada por una mayor cobertura del acontecer noticioso internacional, o por una ampliación de los espacios interpretativos, sino que es satisfecha por el registro pormenorizado y servicial de los únicos espacios de agitación: el acontecer veraniego en las playas, en los centros turísticos y en el Festival de Viña. El noticiario deviene plataforma de promoción turística, espacio seudo sociológico de estudio de costumbres y escaparate de cultura pop.

Puesto que en febrero se puso en marcha el Transantiago, los noticiarios, sus periodistas y editores, todos aletargados por el calor, dieron cobertura pasiva al acontecimiento. Más que nunca realizaron la función referencial que se le atribuye a la expresión informativa: esto es lo que pasa en la calle minuto a minuto. Durante los dos o tres días inaugurales no tuvimos los telespectadores más alternativas que ver en todos los canales y todo el tiempo las aglomeraciones en los paraderos, las personas colgando de los buses, los carabineros cautelando el cierre de puertas y las expresiones de malestar de todo calibre contra la Presidenta, el ministro Espejo, los políticos, Bam Bam Zamorano, su madre y todos aquellos que toman decisiones sobre el transporte público y no lo utilizan. Las mayores expresiones de originalidad se concentraron en la identificación del periodista y su cámara con la odisea de Juan X, obrero; Rosa K, dependienta de un comercio, y Juanita Y, empleada doméstica, para llegar a sus respectivos lugares de trabajo. Los periodistas acompañaron a los pasajeros en sus erráticos y fragmentados viajes.

Cuando las autoridades comenzaron a dar informes, los periodistas los registraron; cuando la oposición comenzó a fustigar el plan gubernamental, pusieron sus cámaras y micrófonos a disposición. De esos episodios televisivos convulsos pero tediosos, destacamos una nota en que el periodista hizo uso de material de archivo para sintetizar el devenir, siempre accidentado, siempre deficitario, del transporte público capitalino. Tampoco es gran cosa.

Está un poco de más enumerar las posibilidades periodísticas que ofrecía el acontecimiento: identificación crítica de los ingenieros del plan, con entrevistas; estudio de experiencias afines en el mundo, fallos y resultados; orígenes históricos de los problemas del transporte público en Santiago; identificación de empresas privadas involucradas en el sistema; costos de la implementación; explicación de la entidad “Administrador financiero”, entre otras oportunidades que se le pueden ocurrir a un lego.

Consideramos que para el medio ponerse del lado del usuario es lo más fácil; no creemos que haya en ello un programa de sabotaje, ni tampoco la observancia a alguna instrucción relativa a no tocar a los ejecutivos del plan. La costumbre de la suspensión de las noticias en febrero resulta de las vacaciones de los voceros, los protagonistas, y revela por lo tanto la disposición de buena parte de los periodistas a ser simples mediadores de una oferta organizada. Esto último lo refuerza el fenómeno de la concentración del periodismo de investigación e interpretativo en programas especiales que, en algunos casos, por la promoción espectacular del factor epistemológico y crítico, terminan por convertirse, literalmente, en estelares dramáticos.

El rol informativo del periodismo legítimamente se puede asimilar a un servicio público, pero la estrategia de la identificación vivencial y simpática con las personas corrientes puede ser banal e infructuosa, incluso peligrosa, porque puede articularse como un tendencioso principio de metonimia, es decir, de generalización crítica a partir del detalle vivencial.

Al periodismo, y particularmente a la prensa televisiva, les concierne como un mandato cultural asimilar productivamente del entorno social las intenciones espirituales y sicológicas de conocimiento, verdad y bien; pero no es su asunto exasperar expresiva ni narrativamente las dimensiones afectivas de los acontecimientos, el clima afectivo de los eventos. Esa identidad de contenido y forma le concierne al arte; en el periodismo no puede generar mucho más que efectismo, redundancia y especulación superflua.

Para terminar, propongo que todos le pongamos nota al desempeño de la prensa en la cobertura que ha hecho del Transantiago. Es más: propongo que siempre le pongamos nota al desempeño de la prensa y de los medios de comunicación, que así les devolvamos la mano.




Por: Alejandro — 2008-01-25

Pienso que el problema no es que no exista la intención por parte de los periodistas de hacer su trabajo como corresponde,sino más bien existe temor de parte de ellos a perder sus trabajos si no hacen lo que el editor por cuenta del dueño del medio le ordena que escriba o diga, lo que resulta patético, primero los periodistas deberían denunciar esta situación que a diario deben enfrentar en lo laboral y luchar por una verdadera libertad de expresión.




Por: Camila Valenzuela — 2007-10-10

Buen artículo. Siempre más inteligente que el resto.
Saludos.




Por: Magdalena — 2007-04-29

Mi visión del tema es que creo que por lo general la realidad es demasiado fea como para que salga en la televisión tal cual es.
Lo que tú planteas en el fondo es correcto, se le dio una cobertura bastante mediocre, pero es básicamente lo que la televisión puede dar…Mediocridades.
En la actualidad el periodismo para mí es algo muy extraño, inclusive al pensar a qué se dedicará la gente que recién se matricula en la carrera me da un poco de escalofríos. Porque lo que se ve en televisión, radio o diarios, es definitivamente repulsivo. Y el buen periodismo que se haga por ahí…No tiene difusión masiva.
Saludos




Por: elperiodisto — 2007-03-27

Ha pasado un mes desde este post y nada cambia. Aún no hay más respuestas en los medios y el gobierno no es capaz de hacer nada que salga de su esquema.




Por: felipe cádiz — 2007-03-08

Nota: mmm… un 4.5

Pablo, concuerdo con lo que dices. Si bien vi durante los días previos al TranSantiago algunas notas tipo “el viaje de la señora J”, nada de eso se observó cuando se producía el peor colapso.

¿No será que el Festival de Viña acaparó los noticiarios televisivos? Eso es algo que sí me molestó durante los primeros días del plan: 5 minutos de noticias 45 minutos de copuchas y autopropaganda (del 13 y el 7) por el Festival.

Estamos claros en algo: si de algo ha servido todo el caos del Trasantiago es para que los medios hayan abandonado el tema “corrupción”. ¿Qué preferirá el Gobierno?




Por: Felipe Moreno — 2007-03-07

Pablo, estoy totalmente de acuerdo con tu comentario, muy preciso y revelador. Sin embargo, creo que la muy lamentable cobertura del Transantiago era de esperarse dada la mala calidad general de los noticiarios nacionales. Es una verguenza ver día a día un flujo de crónica roja sensasionalista, notas que parecen sacadas del Aló Eli, noticias sobre lanzamientos de teleseries (del mismo canal por lo demás) y estudios sobre “cómo es el turista chileno”.

Como tú bien señalas, el Transantiago daba para desarrollar varios ángulos y variables de historias interesantes que fuesen relevantes para el público y para su entendimiento del problema, para saber por qué el plan resultó así y quiénes son los culpables -con nombre y apellido. No sólo una simple repetición de las tres o cuatro fórmulas de cobertura -paraderos llenos, gente colgando en las micros, carabineros y Sergio Espejo como director de colegio que en sus ratos libres practica yoga.

Al no explicar ni contribuir a una mejor comprensión de las causas y cómo se llegó a la actual mecánica del Transantiago, al final a algo que es un proyecto concebido por medio de políticas públicas (creación de actores políticos sujetos a responsabilidades puntuales y claramente identificables) se le da un estatus unidimensional muy parecido a una catástrofe “natural”. ¿Quién es el culpable? Hoy por hoy las respuestas son Zamorano, Sergio Espejo el yogui, la gente (siempre tan tonta), “el Gobierno” o, incluso… ¡el mismo Santiago!

Una cosa que llama la atención, y que se ha dicho en la calle pero no es recogida ni profundizada por los medios, es la gran pregunta de por qué siguen estando los mismos actores que por más de 20 años han contaminado de ruido, peligro, informalidad, faltas a la ley de tránsito y a la salud mental de los chilenos, las calles de Santiago. ¿Qué hace Navarrete todavía ahí? ¿Por qué el gobierno de Lagos, cuando luego del paro general contaba con el apoyo ciudadano y capital político para hincarle el diente a estos tipos y por fin mejorar de verdad el transporte público, terminó negociando con ellos y espantando a los franceses?