Sobre las fotos de Saddam

La edición electrónica del 2 de enero del diario español El País ofrece una serie de cuatro imágenes de Saddam Hussein en la horca. Las primeras tres son en plano medio, con el ex gobernante aún erguido y expectante; la cuarta es un primer plano a su rostro volteado, con la vista perdida y la boca entreabierta en una mueca de ahogo. Suponemos que Hussein ya está muerto en la última foto, y que el autor de la imagen tuvo tiempo para hacer un zoom a su cara.

El debate actual acerca de la conveniencia o no de hacer estas imágenes, o sobre la irregularidad de un registro de la ejecución con la cámara de un teléfono móvil por obra de uno de los asistentes (y, aún más, de difundir estas grabaciones en medios de prensa), resulta un mero complemento o refuerzo, de ningún modo una resistencia, al interés por las imágenes y los pormenores del acontecimiento privado. En la edición del 3 de enero de El País, en tanto, conviven las opiniones libres de los lectores que, en general, deploran tanto la barbarie de ésta y todas las ejecuciones que practican los estados contemporáneos, como la difusión morbosa de las imágenes de ellas, con el dispositivo tecnológico dispuesto por el sistema operativo de la página para ampliar las fotografías del ahorcamiento. Pareciera que el entusiasmo por la opinión, por la participación, por la infiltración del sujeto corriente en el escaparate que es el medio de prensa, dependiera de la temeridad del criterio de exposición de las imágenes; es como si la imagen, dañina por sí misma, provocara, tensionara, como un impulso y un efecto de agudeza, la opinión, que es buena de por sí.

Uno de los artículos de la misma edición (que lleva el título “Sadam Husein se encaró con su verdugo antes de morir ahorcado en el patíbulo”) transcribe la versión de uno o varios testigos sobre los pormenores y las incidencias de la ejecución. Conocemos por estos trascendidos las provocaciones mutuas entre el ajusticiado y los verdugos, la actitud aparentemente orgullosa de Hussein, las oraciones de uno de los testigos chiítas y otros tantos detalles, magnificados por la relevancia del hecho y la supuesta clausura del mismo.

La discusión de fondo tiene que ver con el derecho a determinar y ejecutar la muerte de alguien, un asunto central de otros eventos imaginarios sobre ejecuciones (basta considerar la memorable “No matarás” ,de Kieslowski). Pero si se suspende esta discusión de fondo y nos centramos en los motivos de escándalo, descubrimos que el humanismo, la civilidad y la dignidad de las personas sufren más daño en la imagen que en la relación verbal de los hechos que protagonizan, que padecen. El ansia patológica y retorcida de saber sería más peligrosa, por intensa, frente a la imagen que a la narración escrita, aun cuando aquella sea mucho más gruesa y opaca que ésta. Tal vez se trate, como siempre, del prestigio realista de la imagen; de la imagen fotográfica, que en este caso también vendría a operar como prueba de existencia patética de algo. Las fotos vendrían a probar que Hussein de verdad ha muerto (como aquella foto del Che horizontal, asesinado entre sus sicarios, que todos quieren remitir compositivamente a un Cristo de Mantenga). En tal sentido, cumplirían la función de terapia contra la ansiedad: ansiedad política, ansiedad epistemológica, ansiedad narrativa, ansiedad ética.

Este remedio refleja en muchos sentidos la profunda enfermedad de la razón que nos aqueja. Naturalmente, de la razón como argumento, pero también de la razón como fundamento del pensamiento abstracto, como serena conformidad de la ideas.




Por: perla — 2007-11-12

no me muestra fotografías




Por: Adrián Puentes — 2007-01-08

Leyendo sus reflexiones recordé la obra del artista visual Alfredo Jaar, cuya retrospectiva todavía puede visitarse en la Fundación Telefónica y en la Galería Gabriela Mistral.
Sus instalaciones reflexionan precisamente sobre las imágenes del dolor. De una manera bastante accesible (no hay que asustarse a priori con las instalaciones), su obra resulta conmovedora no sólo por la interpelación de las imágenes, sino también porque utiliza y pone en duda el mismo “prestigio realista” al que alude Constanza.
Así, por ejemplo, en “El silencio de Nduwayezu” (1997), el artista obliga al espectador a acercarse a una mesa con miles de diapositivas. En cada una de ellas se muestran los ojos -la mirada- de un niño ruandés que fue testigo del asesinato de sus padres. Las fotografías (idénticas) interpelan al espectador, que las puede ver por medio de un pequeño visor, a centimetros de distancia de sus pocos ojos.
Para entusiasmarse, métanse aquí:
http://www.telefonicachile.cl/fundacion/arteycultura/jaar/index.htm
¡Quedan pocos días para verla!




Por: pablo corro — 2007-01-05

Constanza Mujica señala una serie de preguntas esenciales que el debate actual sobre las imágenes de la ejecución de Husein elude. Una de ellas, más interesante, por desgracia, para los que trabajan en la teoría de las imágenes que para los imagineros, creadores de imágenes, es la de los criterios en la composición de la imagen.
Los hábitos retóricos de los realizadores de imágenes, que son al mismo tiempo las expectativas de los consumidores de imágenes, están articulados por modos canónicos de narración audiovisual.
El primer plano final del rostro de la serie de la muerte en la horca es un hábito del cine de géneros, policial, carcelario, western, aun, documental. El consumo de estos textos y de sus equivalentes en la imagen fija ha condicionado los modos de ver/registrar de los espectadores, quienes actualmente (puesto que poseen sistemas ligeros de registro audiovisual) son también realizadores.
La disponibilidad democrática de medios de producción de imágenes acelera la velocidad de producción de las mismas. Frente a lo vertiginoso, lo breve, lo irrepetible, el fabricante de imágenes reaccionará sin demasiada reflexión, y la supuesta espontaneidad de su criterio compositivo se identificará con los hábitos representacionales que lleva consigo.
En tal caso, es hoy más dificil saber si el primer plano al rostro vivo de Husein, a su boca en donde unos instrumentos verifican el estado de salud, o los detalles de una dentadura fichada, o al rostro muerto, obedecen a una voluntad de prueba, a un gesto emotivo, o a una operación estética.
Todo es muy confuso. Lo único que parece claro es que toda aspiración de orden político a la invisibilidad es y será cada vez más frustrada por la masificación de las tecnologías audiovisuales.
La perdida del miedo de todos los sujetos a realizar una imagen es padecida por el objeto de ella misma como una forma de desvalorización, una operación de adelgazamiento semántico.
Esto permite suponer que la frustración audiovisual a la ocasional aspiración política a la invisibilidad no representa necesariamente un enriquecimiento del sentido o de la verdad.




Por: Constanza Mujica — 2007-01-05

Me parece que la carencia en el análisis a la que apunta Pablo efectivamente tiene que ver con el prestigio realista de la imagen, con la necesidad de una prueba. El hecho de que la ejecución haya sido grabada en un medio tan popular, tan ciudadano y accesible como el celular sugiere que lo que vimos nos aporta una mirada a lo oculto, a lo que se nos quiso ocultar. Esa sensación es la que transfiere la preocupación del debate hacia el contenido y la aleja de algo mucho más sutil e interesante, la política de la imagen, sus condiciones de construcción como discurso político.
¿Quién tomó esas imágenes?, ¿quién y por qué escogió los encuadres, los zooms?, ¿quién era el público esperado (nosotros, los norteamericanos, los iraquíes chiítas, los sunitas)?, ¿qué alternativas de tratamiento audiovisual había?, ¿cómo audiovisualmente constatar la muerte de Saddam y, simultáneamente, el derecho a su imagen y a su dignidad? Esas son las preguntas que quedan pendientes y cuya discusión es el aporte que puede hacer la mirada de académicos, audiovisualistas y periodistas.