Jan Vermeer: el proto - fotógrafo de Deft
Casi doscientos años antes de la invención de la fotografía, Jan Vermeer, pintor de Deft, previsualizó un verdadero paradigma fotográfico, cuya validez permanece y asombra. No es casualidad que sus modulaciones de la luz se hayan convertido en la guía de muchos grandes profesionales de la cámara.
Aunque sólo se cuenta con el privilegio de observar entre treinta y cuarenta de sus obras (aparentemente toda su producción), éstas bastan para demostrar la propiedad con que se puede aplicar el nombre de proto - fotógrafo al tranquilo y misterioso pintor del Deft del siglo XVII.
Como espacio, la fotografía trabaja con una mirada modificada por las lentes ópticas. A través de una lente la fotografía se ha registrado al mundo. Actúa capturando una determinada escena, ordenando ambientes y personas en composiciones. Son simultáneos e inseparables la composición, el motivo y los esquemas de iluminación.
Jan Vermeer es, en propiedad, un “narrador visual” que se expresa con la luz. Sin duda alguna, en esto influyó su relación con el “filósofo natural” Antoine Leeuwenhoeck, un apasionado óptico y biólogo. Cómo muchos de sus colegas de época, es un hecho que su mirada se asombró con los cambios de perspectiva y cromatismos posibles, a través de los artificios ópticos. En un inventario de sus bienes se consigna la propiedad de dos obras de van Hoogstraten, que diseño una cámara con una lente que genera, visualmente, la sensación de una tercera dimensión. Se la denominaba “Cámara de luz”. Aunque existen otros pintores coetáneos como Pieter de Hooch, Jan Steen, Emmanuel de Witte, que se fascinaron y probablemente, también utilizaron el ingenio de van Hoogstraten. Sin embargo en ningún pintor, como en el caso de Vermeer, este artilugio óptico le ayudó a capturar los ambientes de forma tan notable.una tan especial forma. Sus obras logran una totalidad plástica tan coherente, en ellas supo plasmar, a través de la probable ayuda de esa lente, la magia de la vida, preservándola con ese frágil latido de más que da una determinada atmósfera de luz.
El hombre de Deft, muerto a los cuarenta y cinco años, ha sido conocido, mayoritariamente, como “el pintor de las espaciosas habitaciones”. Su fama se la debe a sus notables cuadros con atmósferas de soñada tranquilidad, y la presencia de satisfechos burgueses de la próspera Holanda de su época. Es por sobre todo un compositor y retratista de la luz. Con clarividencia meridiana intuyó que la luz es efímera, y el la preserva. Se enamoró de ella y la describió, a través de su obra. Lo hizo desde el amanecer hasta el anochecer, sobre todo las luces que entraban por las ventanas. Insistió en estos esquemas. Sus modelos fueron casi un pretexto para exponerlos a esta luz. Ocupó la suave luz de las ventanas altas, reprodujo los cromatismos azules y frescos de las mañanas y la de los rubios cálidos del atardecer. Su mágica coherencia fue, sobre todo, luminosa. Su obsesión por la luz lo llevó a transformar sus telas en material fotosensible de exquisita densitometría y curva tonal. Y aún, la transparencia de sus sombras y el rango tonal de sus claroscuros permanecen como un desafío para la tecnología de los modernos materiales fotosensibles.
El “tiempo” de Vermeer
Ciertamente, la esencia de la fotografía la constituye ser un arte “espacio-temporal”. Y es, también, en el manejo del tiempo donde Vermeer nos asombra casi tanto como en su manejo de la luz.
Sin discusión, él estuvo en paz con su mundo. Aparece como alguien satisfecho y feliz, contento, más que de la prosperidad holandesa, de la suya propia. Pero fue a través su profunda sensibilidad, con lo que percibió lo efímero del tiempo. En esencia sus obras fueron un testimonio del ciclo vital de la luz. Pero, lo mismo que la fotografía, también es el “arte del segundo”. Percibimos esto en los detalles. El momento en que las manos de sus modelos van a dejar caer un collar, o acarician al descuido un seno, en que van a señalar un planeta en la esfera celeste o van a decidir que pieza musical van a ejecutar.
Su “antes” y “después”, incluso en sus dos únicos exteriores, profetizan (si es que no influyeron) en el pregonado “momento decisivo” propuesto por Henri Cartier Bresson.
El hombre de Deft, también convirtió la acción del tiempo, en protagonista de sus obras. Sus mismas luces son efímeras, a punto de desaparecer en el próximo minuto. Preservó y reveló, sintió la exigencia del testimonio, la relevancia del pequeño gesto. De la suma de todos los pequeños actos triviales como modificadores del mundo.