El placer de observar
Hay un cierto tipo de actividades tales como la fotografía, que nacen de una reflexión de la propia percepción visual. El sentido de la visión trasladado a la comunicación, es lo que yo hago. En mi caso, a través del periodismo, la docencia o de mi modesto trabajo autoral fotográfico. Por ello me interesa profundamente desarrollar en mis alumnos la potencialidad de la observación, de ejercitar la imaginación y la fantasía, el atreverse a proponer propias construcciones imaginarias. También me interesa lo visual como memoria colectiva, como referente de identidad. Finalmente para muchos, como yo, contemplar imágenes fotográficas es la evidencia de haber existido. Probablemente para aquellos que se van a dedicar a expresarse a través del lenguaje de las imágenes, eligiendo la fotografía o el cine, lo mas importante, en mi opinión, es desarrollar la propia observación.
Hay un entrenamiento de la observación que es connatural a todos nosotros, desde que nacemos. El sentido de la visión, desde un punto de vista biológico fue una herramienta muy valiosa para la sobre vivencia. En los inicios de nuestra especie la calidad visual del ser humano fue clave en su capacidad de evolución. Nos orientó mejor que a otros, nos permitió reconocer amigos y enemigos, seleccionar alimentos, a las parejas y familiares. Nos permitió el uso de muchas facultades, como la invención u otras.
Pero hablar de la percepción visual y el maravilloso mundo de las asociaciones que cada uno puede ir haciendo con las distintas formas visuales hoy se constituye en un universo aparte ya muy distante del acto básico de la orientación y reconocimiento visual.
En el ejercicio y disfrute de la percepción visual, concurren, simultáneamente, muchas potencialidades del espíritu. El asombro, la fascinación, la libre asociación con otros sentidos etc. Obviamente se avanza y profundiza a través de un entrenamiento, no obligado pero si enormemente placentero: el observar.
Los niños son apasionados observadores, son curiosos de las imágenes, de los sonidos, de lo táctil. Disfrutan, se aterran, por decirlo en una palabra, vibran, con lo visual. Por ello, cualquiera sea la situación es fundamental para un creador visual conservar vivo, en uno mismo, al niño asombrado. Cuando se pierde el asombro nos sobreviene una suerte de anestesia que produce una insensibilidad a las cosas sutiles. Una suerte de pasividad ante la enorme cantidad de estímulos visuales y un consiguiente aburrimiento existencial.
Por más de treinta años me he dedicado a la fotografía y no llegué a ella por una suerte de revelación visual puntual en un momento dado. La fascinación por la imagen se fue construyendo en mi por las empatías que me produjo el ejercicio de la observación. El rostro de mi madre o mi padre fue desde siempre, la percepción de una suave imagen diluida a través del paso del tiempo, de gran impacto afectivo siempre. Fue construida por la síntesis de muchas visiones cotidianas. Así también se fue dando por la educación o el entorno que me rodeo desde pequeño. Una amalgama de las imágenes vistas en muchas matinés del domingo, aquellas provenientes de muchos enamoramientos infantiles maravillosamente imposibles que redundaban en cincelar visualmente esas imágenes en mi cerebro, de mirar asombrado durante mis muchas tardes en un patio provinciano, los muchos bichitos, las plantas o las lagartijas multicolores. La suma visual de aquellas largas vacaciones de verano en la montaña. Ya mayor continuó por descubrir que me podía comunicar a través de proponer imágenes y ser cómplices con otros en su interpretación. A lo largo de la vida muchas de las que he conservado en la memoria se van tiñendo de nostalgias agridulces, pero están siempre vigentes. Son la evidencia de que he existido.
Cualquier sentido tiene la de la sinestesia, lo que significa su potencialidad de activar los otros sentidos. El sentido de la visión es el con mayor potencialidad para producirla. Sin embargo, sería una deformación muy grande volverse mono sensorial. Lo maravilloso, no es el estimulo visual, sino que la fascinante aventura de la reflexión y transmutación que nuestra combustión espiritual hace de este estímulo. Una participación psíquica activa que potencie el acto de ver.
Por supuesto, desde siempre me han fascinado las imágenes bellas, esas que tienen resonancia con las claves más atávicas de nuestra propia naturaleza. Aquellas imágenes en que la proporción o el color se acercan a la grabada en nuestro ADN. Lo que comúnmente se denominan imágenes clásicas.
Pero mas que seducir hay otra enorme cantidad que me han fascinado o mejor expresado me conmueven. Son las imágenes del dolor, del conflicto, de la opresión, porque me producen la necesidad de actuar en alguna forma para paliarlas. También, entre las más importantes para mí, están las afectivas, la de aquellos seres u objetos que son parte de mi entorno próximo. Las de mis afectos cercanos.
Pero también existen aquellas que me provocan rechazo, o me violentan. Son las que se nos presentan con la clara intención de manipularnos tramposamente. Esas imágenes cuya finalidad es engañarnos con cualquier motivo. Las que nos hacen comulgar con ruedas de carreta y lastimosamente, en muchas ocasiones lo logran. Así mismo las que se mueven en el sub mundo de lo morboso, del utilitarismo económico. En suma, todas aquellas construidas y propuestas desde la parte oscura de sus autores, con pretextos inexcusables.
Juan D. Marinello K.
2006
Por: Paola — 2007-04-06
Absolutamente ciertas muchas cosas que menciona usted. Estudié fotografía y me hubiera más que gustado haberlo tenido de profesor. Hubiera sido un honor para mí poder acumular algo de sus experiencias, ya que creo que la unica manera de hablar y fotografiar y escribir es a través de vivir. … en cierta forma así ha sido.
Una inspiración.
Por: María Graciela Severino — 2006-12-01
Este post me ha parecido muy inspirador. Me extraña que no hayan habido comentarios antes.
Señor Marinello, recuerdo del curso de T. de la Com con mucha potencia el asunto de las grandes diferencias que tenemos en cuando a percepción. Sabe?, yo tengo una disfunción visual, que para mi es casi una virtud. La Sinestesia me obliga a hacer un intertexto entre los sentidos y darle mucho más valor a lo que el ojo me entrega.
Siento que quizás el tiempo en nuestra agitada realidad universitaria nos quita un poco el placer de lo que es el observar. Como dice Sontag, la imagen de una fotografía es un rastro de lo real. La observación muchas veces y casi paradójicamente nos permite ver cosas fuera de la imagen.
En nuestro idioma usamos la palabra “viste”, incluso cuando nos referímos a una conversación.
Es que quizás la vista, como observación no sea la contemplación real de un objeto, ya sea foto o imagen real, cine o dibujo.
No lo sé, es probable que quizás nunca me responda estas preguntas, pero creo que la sensibilidad a lo observable, esa sensibilidad de lo más profundo es lo que nos hace sentirnos más humanos, y en mi caso, lo que posibilita hacer el enlace con otros sentidos.