“Broadcasting” y convergencia: el futuro digital e individual
El futuro del ‘broadcasting’ comprende mayores atributos para los usuarios, tanto en calidad de imagen y sonido, como en la posibilidad de elegir los contenidos que quieran, cuando quieran. Todo idealmente en una misma plataforma portátil, al alcance de la mano.
De todos los medios de comunicación y tecnologías más recientes disponibles, sólo la radio y la TV (broadcasting en inglés) están presentes en casi todos los hogares. En contraste, apenas un tercio de los chilenos lee impresos, otro tanto está conectado a internet y la mitad tiene celulares o teléfonos de línea fija. El futuro en este ámbito del broadcasting es entonces especialmente importante. Cada hogar cuenta con un par de receptores de radio y de TV.
Así, cada chileno dedica unas tres horas diarias a exponerse a cada uno de esos medios, lo cual suma casi seis horas al día. Un niño promedio pasa más tiempo ante la pantalla que en el colegio, y alrededor del 70% de los chilenos se forma su noción de «realidad» a partir de lo que ven en los noticiarios de la televisión abierta.
El futuro del broadcasting «clásico» es confuso no sólo por los cambios tecnológicos, sino ideológicos, regulatorios y corporativos. Parece muy complejo (y lo es), pero a fin de cuentas tiene simplemente que ver con invertir el modelo de comunicación del cual estamos hablando: desde el un emisor-a-muchos receptores del viejo pregonero en la plaza pública al muchos emisores-a-un receptor activo de la Biblioteca de Alejandría. En otras palabras, se trata una pugna entre dos maneras bastante antiguas que los humanos usamos para comunicarnos.
Del pregonero a la tele
El modelo comunicacional uno-a-muchos se origina con los oradores o pregoneros que emitían un mensaje indiferenciado a una masa más o menos pasiva de auditores en un lugar público, típicamente una plaza. Cuando a fines del siglo XIX Marconi descubrió que podía transmitir señales telegráficas por el espacio sin necesidad de cables, replicó sin querer el modelo del pregonero. Esta manera de comunicarse es bastante eficiente para mensajes estandarizados, tales como anuncios comerciales, reglamentos, historias ficticias, sucesos reales relevantes para la comunidad (como el Cantar de Mío Cid en la España medieval) o difundir las artes escénicas y musicales. Fue un efecto no buscado, porque el negocio de Marconi era proveer comunicación instantánea persona a persona, que es un tercer modelo de comunicación que replica las conversaciones bipersonales cara a cara.
Originalmente, y al igual que el teléfono (inventado en la década de 1870), el telégrafo usaba cables. Eso permitía mantener los diálogos en privado y cobrar por el acceso a la red de alambres que conectaría a los participantes. Pero, al usar el espectro electromagnético, los mensajes quedaban al alcance de cualquiera que tuviera un receptor dentro del área de cobertura. Para colmo, a esa persona era imposible cobrarle.
Recién al fin de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) esta aparente desventaja de la telegrafía inalámbrica pasó a ser una fortaleza, al aprovecharse el modelo de comunicación uno-a-muchos común a las artes escénicas en general, la prensa y las incipientes industrias cinematográfica y fonográfica. Así nació la radiodifusión o broadcasting: emitir (cast) a la redonda (broad). A fines de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), este concepto abarcaba también a la TV.
El problema de cómo financiar el broadcasting había quedado resuelto en la década de 1920. Como era imposible cobrarle a los usuarios, se recurrió a terceros: al anunciante y al Estado. El anunciante pagaba al emisor por acceder a lasaudiencias congregadas en torno al receptor de radio o TV, aprovechando de emitir un mensaje comercial contrabandeado en medio de los contenidos de interés general que convocaban a esas audiencias. Ello obligó a cuantificarla para vendérselas a los anunciantes. Así nacieron los sistemas de medición de sintonía y la hoy vilipendiada « tiranía del rating». En aquellos países en que los caprichos de las masas eran mirados con desconfianza, especialmente en Europa, se privilegió el financiamiento estatal.
Hacia el modelo opuesto
El atractivo e influencia de este modelo de comunicación broadcasting fue y sigue siendo enorme. En los países desarrollados, la radiodifusión vivió una Edad de Oro entre 1930 y 1950 aproximadamente, hasta que se impuso la TV abierta (copiándole descaradamente el modus operandi y los programas). En los años 60 y 70, en Estados Unidos se decía que tener una estación de TV era una licencia para imprimir dinero, con rentabilidades de incluso 50% anual.
Pero poco a poco una serie de cambios fueron erosionando este modelo comunicacional. Las audiencias, mejor educadas que sus antepasados, empezaron a aburrirse con los mensajes homogeneizados de la radio y la TV. Con los transistores primero y circuitos integrados después, los equipos receptores fueron volviéndose cada vez más pequeños, resistentes y baratos. El Walkman de Sony (en la década de los 70) inauguró el consumo personalizado de medios electrónicos. Esta tendencia fue consistente con la fragmentación de las sociedades industrializadas a causa de la menor natalidad, la incorporación de la mujer al trabajo, la inmigración y la aparición de nuevas tribus urbanas. Las personas ya no se reunirían fácilmente en torno a una sola «plaza pública» como antaño.
En lo político-económico, el viejo liberalismo económico renació inesperadamente de la mano de Thatcher y Reagan (y los Chicago Boys en Chile). Hasta entonces, el broadcasting había estado bastante protegido de la libre competencia, incluso en EE.UU. Razones había varias, desde el miedo a sus efectos supuestamente nocivos hasta las pretensiones de proteger a la infancia de contenidos indeseables, evitar los monopolios televisivos o fomentar la cultura. Dejó de atribuírsele una alta función social y pasó a ser concebido como un negocio cualquiera. Su principal medida de éxito sería satisfacer la demanda del consumidor, un ser egoísta y socialmente aislado.
Así, se autorizó lo prohibido: que los grandes inversionistas del sector financiero ingresaran al negocio y formasen gigantescos consorcios mediales. Y cómo no, si tener un canal de radio o de TV había permitido «imprimir dinero » pocos años antes.
La llegada de otros actores
A partir de los 80 la competencia se volvió feroz, pero su dinamismo gatilló la innovación tecnológica y corporativa a niveles nunca antes vistos. Se incluyó por primera vez a sectores tecnológicos que hasta entonces habían estado aislados: la TV por cable, la TV vía satélite, las telecomunicaciones y la informática.
El cable había surgido en EE.UU. a fines de los años 40 para llevar TV abierta a comunidades rurales con problemas de recepción. Por no usar espectro, estos pequeños sistemas de TV por suscripción estaban mucho menos reglamentados que la TV abierta. Los satélites de telecomunicaciones, surgidos en los 60 cubriendo continentes completos, permitieron unir a los cableoperadores aislados (y generar nuevos gigantes mediales en los 80).
La aburrida industria informática súbitamente pasó a ser gravitante: su lenguaje binario de ceros y unos («digital»), necesario para los tediosos cálculos de producción industrial, podían usarse para reconstituir texto, imágenes y sonidos. Ellos no sólo quedaban registrados con mayor fidelidad, sino que se requería menos espacio para almacenarlos y transmitirlos. Los operadores de cable y de satélite pudieron así multiplicar exponencialmente su capacidad de acarrear señales. Y los monopolios de telecomunicaciones también se dieron cuenta de que su red de conexiones telefónicas podían usarse para nuevos negocios.
El futuro: ¿pregonero, bibliotecario o ambos?
Así, el porvenir de la radio y la TV combina dos fuerzas antagónicas: una que lo mantiene en el modelo tradicional de la comunicación uno-a-muchos y otra opuesta asociada al modelo de internet de muchos emisores tratando de seducir a un usuario activo y selectivo. Quitando los aspectos tecnológicos, se trata de una pugna entre el pregonero en la plaza y el bibliotecario de Alejandría por atraer a los transeúntes.
El pregonero brinda sus contenidos de siempre, aunque con mejor calidad de imagen y de sonido. También ofrece modificar los horarios de los pregones, subdividir la plaza entre varios pregoneros simultáneos (algunos extranjeros, para darle más variedad) y establecer un buzón de sugerencias para ajustar sus discursos a los deseos del oyente. El bibliotecario, en cambio, ofrece ingresar a un recinto donde el usuario podrá recorrer los contenidos en el ritmo y orden que desee. Además podrá depositar en los estantes sus propios escritos (por malos que sean) y contactar a otros usuarios. Parece imbatible, y en cierta medida así es.
Sin embargo, y pese a las incertidumbres, el pregonero sabe que siempre habrá espacio para su oficio: elaborar buenos relatos de ficción, informativos, musicales o escénicos es caro y complejo, y la manera más efectiva de producir, comunicar y consumir a Shakespeare, Mozart o el despacho periodístico del maremoto en Indonesia es usando el modelo de uno a muchos. Ello no impide que esos mensajes también queden disponibles en la Biblioteca de Alejandría. Ni tampoco impide que, después de algunos refunfuños iniciales, el pregonero y el bibliotecario terminen asociándose.
Artículo publicado en Revista Universitaria Nº90, marzo-mayo 2006, pp. 48-52, disponible aquí.