Dios salve a Londres
Originalmente publicado en Revista Capital,
Edición Aniversario 10 años, 28 Julio 2006
Es fácil equivocarse con Londres. Para la gran mayoría de los que vienen de turista la ciudad puede parecer una capital más de un país Europeo. Una capital curiosa, eso sí, con sus buses rojos de dos pisos, su Parlamento y Torre, los punks de Trafalgar Square, y una reina cuyos guardias de sombrero excesivamente alto hacen faramallas a cierta hora sin que se les mueva un músculo de la cara.
Pero Londres es mucho más que eso. Me atrevería a decir que hoy por hoy es la cuidad en la cual hay que estar, la gran megápolis del siglo XXI, una ciudad-estado que simboliza los deseos y logros de una civilización en un determinado momento - similar a lo que fue París de la Belle Epoque y Nueva York durante los 50s. Y tal vez no haya mejor ocasión para empezar a desentrañar el carácter de una ciudad como Londres, que un momento de crisis. Ahí las fachadas se caen, la gente abandona sus máscaras, y aparece la cuidad tal cual es. La carne y el hueso; no las postales.
Este 7 de Julio se cumplió un año de los atentados que sacudieron a la ciudad y a sus habitantes. Tuve la buena y mala suerte de estar ahí cuando ocurrió. Llevaba tres años en la ciudad, primero como estudiante y luego trabajando. Pude ver con mis propios ojos cómo las explosiones fueron una bofetada, un golpe bajo que por un momento dejó sin aliento a la capital británica. Pero también fui testigo de cómo la ciudad rápidamente recobró su postura, tomó aire y levantó la cara.
El día anterior a los atentados, el 6 de Julio, el presidente del Comité Olímpico Jaques Rogge hacía pública la decisión de que Londres, y no París, sería la ciudad sede de las Olimpíadas del 2012. La disputa entre ambas ciudades se había convertido en una especie de referéndum global sobre cuál ciudad era “mejor”, tanto así que el mismo Tony Blair fue a apoyar la apuesta de la capital Británica. Los ingleses se la jugaron por potenciar el carácter “multicultural” de la ciudad. Y ganaron.
El escritor Ian McEwan dijo que ese día miércoles no había mejor lugar en la tierra.“Londres celebraba su victoria y el prospecto de una explosión nueva de energía y creatividad”. Para ese entonces todavía se escuchaban en el Hyde Park los ecos del recital Live Aid, donde los grandes de la escena musical británica se juntaron esa tarde de verano para recaudar fondos de ayuda para África. Había muy buena vibra en el aire. Como reparó McEwan, “Londres volaba alto y nos movíamos con confianza por la ciudad, y a nadie se le pasaba por la cabeza no tomar el metro.”
La mañana siguiente demostró que todo aquello no era una mera cuestión de marketing. Las imágenes de gente de todos los colores ayudándose tras los atentados probaba que Londres 2005 se había convertido en lo más parecido que puede haber hoy a un romance multicultural. Es cierto que el 11 de septiembre del 2001, Nueva York mostró imágenes parecidas. Pero esa tarde la mayoría de los neoyorquinos volvieron a sus casas ubicadas en el barrio puertorriqueño, negro o indio, retomando vidas personales en entornos étnicos apartados. En cambio en Londres la gente se mezcla tanto en el día como en la noche.
A mí me tocaron los atentados cuando ya estaba en la oficina. Las autoridades reaccionaron con extrema eficiencia, controlando la información bastante rápido y haciendo que por la televisión se hablara de un desperfecto eléctrico hasta bien entrada la mañana. Más allá de la expectación inicial de una profecía cumplida y una que otra mala broma sobre Al-Qaeda, la oficina volvió trabajar como siempre. Eso hasta la explosión en el bus en Tavistock Square hizo evidente que el desperfecto eléctrico era en verdad un coordinado ataque terrorista. Nos hicieron desalojar el edificio por temor a algún ataque. Mal que mal estábamos en Canary Wharf, un moderno parque empresarial hecho de acero, cristal y alta tecnología (posiblemente el único lugar de la ciudad donde no hay edificios viejos) en el que se concentran los cuarteles de varias multinacionales –muchas de ellas norteamericanas.
Comenzamos a llamar a nuestros parientes, amigos y conocidos. Básicamente porque a cualquiera podía tocarle: en Londres literalmente todo el mundo usa el metro para ir al trabajo (sobre 3 millones de pasajeros al día). Las líneas de teléfono estaban saturadas por lo que descartar alguna tragedia personal era un asunto que llevó un par de horas. De a poco las caras de angustia se iban relajando y la gente volvía al computador a mirar el website de la BBC, hasta que finalmente nos dijeron que mejor nos fuésemos a nuestras casas.
Una vez afuera me di cuenta que en las calles lo que ocurría era bastante diferente a las imágenes inmediatas post 11-9. Como era imposible conseguir un taxi y el metro estaba cerrado, caminé cinco kilómetros hacia mi casa. Vi cómo la gente salía de sus trabajos y, resignada, emprendía también la caminata. Algo taciturna y silenciosa, es cierto, pero con una actitud estoica que estaba a años luz de la angustia norteamericana. Tampoco hubo ese fervor patriótico que hizo que varios norteamericanos llenaran sus casas y autos de banderas, o atacaran minorías étnicas o personas de aspecto musulmán. Sí, desconfianza en las miradas. La gente hablaba poco, casi nada, los bares y restoranes estaban vacíos, y ni siquiera los eternos borrachos de Londres, esos con pocos dientes y que siempre están gritando, se atrevían a hacer algún escándalo. Sólo se escuchaba el ruido constante y a ratos opresivo de los helicópteros y de las sirenas de las ambulancias. Ahora que el esperado desastre finalmente llegaba, el aire en las calles tenía el peso de lo inevitable. Se sentía familiar, como si ya hubiese ocurrido antes.
Al día siguiente volví a tomar el metro. Estaba más vacío y silencioso que de costumbre. La gente no se miraba, se examinaba. En las estaciones y en los carros había bobbies con un modo más duro y suspicaz que de costumbre: tanto como para revisar minuciosamente de pies a cabeza a una mujer sólo porque vestía su fatwa.
Días después, una mañana en el que el vagón estaba repleto y yo –como podía- leía con el diario pegado a la cara, sentí un cachetazo frío de tensión en el aire. Todo el vagón miraba un tipo treintón de aspecto musulmán que acababa de subirse con una mochila bastante grande y vieja. Y ahí estaba uno, apretujado entre la gente varios metros bajo tierra, sin poder moverse ni salir. Daba risa, incluso, pensar en lo irónico que sería si el tipo explotaba mientras yo leía los testimonios que hablaban de mutilaciones y muertes, de caras desfiguradas en medio de hierros torcidos, humo y calor –todo acompañado por una fetidez de aceite de motor, plástico quemados y carne achicharrada. Las revisiones de los policía ahora parecían menos exageradas.
El problema es que la misma naturaleza caótica, dinámica y heterogénea de la ciudad hace que sea difícil de controlar. Actualmente el aeropuerto de Heathrow es, de hecho, el que tiene mayor tráfico internacional del mundo. Sus pantallas de arrivals avisan la llegada de vuelos desde ciudades cuyos nombres parecen de trivia: Harare, Minsk, Yakarta, Shangai, Addis Abeba, Islamabad, Nairobi. Si Madrid es la ciudad que conecta Europa con América Latina, Londres es la conexión de Europa con el mundo. Roma podrá ser más sublime, París más bella, y Nueva York más energética. Pero Londres tiene ese carácter inacabado y abierto, con un toque tercermundista, sucio y pobre que tal vez sea la razón por la cual miles de inmigrantes la eligen para rehacer sus vidas. Londres es mezcla, movimiento, suciedad. No una amalgama sino mas bien un flujo, un cruce de caminos. Más que una ciudad amurallada, es el centro neurálgico de Gran Bretaña, el corazón de una red construida sobre los remanentes de un gran Imperio marítimo e industrial, y que ahora es un mecanismo compuesto por innumerables vuelos de avión, transacciones financieras, call-centers y servicios de todo tipo.
Londres comparte con las metrópolis del viejo continente el hecho de tener historia. De haberse construido una y otra vez encima de guerras civiles, revoluciones, pestes, incendios y hambrunas. Más allá de los hitos medievales e isabelinos, Londres fue la capital del imperio británico y la Revolución Industrial. En la Gran Exhibición de 1851 los visitantes venían a admirar la superioridad tecnológica e imaginación científica que desplegaban los artefactos y las maravillas mecánicas del mundo victoriano (de hecho en 1900 Londres tenía la misma cantidad de población que las cuatro más grandes capitales europeas juntas –Paris, Berlín, Viena y San Petersburgo).
Pero a diferencia de las cómodas y placenteras ciudades europeas, con una eficiente infraestructura a punta de altos impuestos, y donde todo el mundo se ve igualmente decente, Londres se asemeja más a una gran ciudad norteamericana: mercantil y de alto contraste, un mundo de ricos y pobres.
De hecho en cierto sentido Londres se las ha arreglado para sobrevivir la muerte del Imperio Británico. A casi un siglo de la Gran Guerra (el golpe de gracia para el imperio) Londres sigue siendo una de las dos o tres ciudades más importantes para la economía mundial. Gran Bretaña perdió la hegemonía industrial y comercial, pero las habilidades mercantiles y culturales en las que se sustentaba su esplendor no abandonan Londres. Actualmente en ella se procesan cerca de 350 billones de dólares de moneda extranjera cada día, tanto como Nueva York y Tokio juntos. Se llevan a cabo la mitad de las captaciones y fusiones corporativas, se transan la mitad de las órdenes navieras. Hay más préstamos bancarios y administradores de fondos que en ninguna otra ciudad Europea. Y se hacen más llamadas telefónicas internacionales que en ninguna otra parte del mundo. Según Eurostat, la oficina de estadísticas de la Comunidad Europea, actualmente el ingreso promedio de las personas que viven en Londres central es tres veces más alto que el promedio del ingreso de la Comunidad Europea (en contraste, el ingreso promedio de los parisinos es el mismo que el del promedio de la Comunidad). Es un lugar donde el dinero importa.
Al mismo tiempo, Londres se las ha arreglado para recibir también a los pobres, a los parias y los disidentes. De hecho recibió a dos de los más feroces enemigos ideológicos del capitalismo, Marx y Lenin, quienes llegaron a la ciudad luego de ser perseguidos por casi todos los gobiernos Europeos. Ambos vivieron en Islington, el barrio radical de la ciudad, tradicionalmente constituido por destilerías ilegales de gin y galpones victorianos, pero que hoy se ha transformado en un enclave hip de agencias de publicidad, estudios de artistas y lofts para adultos jóvenes.
Actualmente no deja de ser irónico que los suicide-bombers que perpetraron los atentados eran, también, inmigrantes –algunos de ellos viviendo gracias a los subsidios del Estado. Es posible que sus motivos hayan sido radicalizados por la arenga de algún Mulah o Sheik, de esos que encontraron refugio en Inglaterra luego de ser expulsados de sus países de origen por lo incendiario de sus ideas. Al poco tiempo de los atentados la BBC mostró un documental donde se seguía la vida del Sheik Omar Bakri, justo antes de ser deportado. Bakri abogaba para que Gran Bretaña se transformara en un estado musulmán, separando las mujeres de los hombres y aplicando los dictados del Islam en todos los aspectos de la vida cotidiana. Como tenía estatus de refugiado político, el dinero de las fotocopias que sacaba Bakri para difundir sus ideas en las mezquitas y centros comunitarios musulmanes, también venía del erario público.
Puede que esa misma tolerancia y predisposición a laissez faire sea la responsable de que, desde finales de los 1960s, Londres venga a la cabeza de las industrias creativas, dictando las últimas tendencias en moda, música y cultura pop. El monetarismo radical de la Thatcher fue un duro y necesario golpe que, si bien fortaleció a Londres al reconciliarlo con su pasado mercantil y afición por el dinero, también horadó los servicios públicos y la calidad de vida. El periodista Simon Kuper describe el Londres que salía de los 80 como un lugar donde se trabajaba mucho y se comía mal, donde uno podía hacer muchísimo dinero pero no había ni tiempo ni lugares adecuados para gastarlo.
Pero llegaron los noventa y con ellos Londres se transformó en el catalizador de “Cool Britannia” término con el cual se describía el nuevo espíritu de los tiempos. En 1993 se acabó la recesión económica que le costó el gobierno a los conservadores. En 1994 se abrió el Eurotúnel y al siguiente año hizo su aparición la línea aérea Easy Jet, lo que permitió que los londinenses se dieran cuenta de cuánto mejor eran Barcelona, Ámsterdam o París. El partido laborista recobraba el poder con un joven y energético Tony Blair a la cabeza, incrementando el gasto fiscal y mejorando los servicios públicos. Los grupos de rock Oasis y Blur sonaban en la radio mientras escritores como Martin Amis y artisas como Damien Hirst pasaban a ser los gurúes de una nueva movida cultural.
Londres respondió al desafío. Se llevaron a cabo trabajos públicos para hacer del centro de la cuidad un lugar más agradable. Grandes sectores fueron colonizados por los jóvenes. Abandonados galpones victorianos se convirtieron en departamentos. Las viejas destilerías y edificios industriales pasaron a ser galerías de arte. Se inauguraron el Tate Modern, el London Eye, y el puente Millenium. Se multiplicaron los cafés, clubes, bares y restoranes. En 1999, la revista cultural Granta resumía los años de “Cool Britannia” como una coincidencia feliz de dinero, política y juventud. Y si bien la guerra de Irak y el tongo de las armas de destrucción masiva empañaron la política, aún queda el optimismo del dinero y la juventud para seguir refrescando la cara de la ciudad. Mal que mal, con un cuarto de su población no-blanca, Londres se ha transformado en la ciudad multicultural más exitosa de Europa.
Mientras los jóvenes de París, Roma o Barcelona se visten elegantemente –a la europea, en Londres se prefieren los atuendos pop. Su noche está llena de bichos raros y multicolores que despliegan lo más variado de la cultura urbana. Las mujeres ostentan petos y minifaldas que desafían el frío y, en general, todo tiene un aire de aventura. Los londinenses se emborrachan con facilidad, se ríen, lloran, tienen sexo, se mezclan y se pelean, se enamoran y desilusionan. Euforia y resaca son las patronas de la ciudad. Tal vez esta sea la causa de que, además del dinero, haya más de 250.000 franceses viviendo en el sureste de Inglaterra. Como bien dijo McEwan, Londres se encontraba en su apogeo cuando estallaron las bombas en el metro y el bus.
De los 52 que murieron en los atentados, la gran mayoría eran jóvenes entre 20 y 35 años –muchos inmigrantes entre ellos. Gente común y corriente que se dirigía a sus trabajos. A diferencia de las torres gemelas, el ataque no tuvo como objetivo monumentos o edificios emblemáticos, sino que estuvo dirigido contra la telaraña indispensable para todas las personas comunes, el Underground, el alma-mater de lo que significa ser un londoner: vivir la ciudad de a pie. Juntos y revueltos unos con otros. Sólo entre las víctimas de Russell Square se encontraban una trabajadora de limpieza de Ghana, una estudiante turca, un guía turístico vietnamita, una técnico dental rumana, un refugiado afgano que huyó del Talibán, una analista de gestión italiana, un vendedor de tienda irlandés, un estilista alemán, un diseñador de web polaco, una contadora de Mauritania.
El novelista norteamericano David Flusfeder escribió el año pasado en el Financial Times que hoy Londres tiene un espíritu similar al de Nueva York a principios del siglo XX. Que se ha transformado en una ciudad donde la gente va a realizar sus sueños, a ser ellos mismos o quienes quieren ser. A diferencia del Nueva York postmoderno, que en cierto sentido se ha vuelto demasiado rico, demasiado manhattanizado à la Sex and the City como para ser la ciudad de Pollock, Wharhol, Woody Allen o Coppolla, Londres aun mantiene sus puertas abiertas a los pobres, a quienes son distintos, a quienes que no tienen nada que perder y mucho que ganar. Es una ciudad donde un taxista somalí o una mesera portuguesa pueden llegar a ser tan arrogantes como el más soberbio corredor de bolsa. A fin de cuentas, una cuestión de actitud.
Por: loreto — 2007-11-12
tu articulo es brillantemente exelente super bueno y ocurrente ya que hoy no se habla de estos temas en cambio se tratan de evitar
Por: jorie — 2006-10-28
De verdad viví el relato, me hizo imaginar y aprender el mismo tiempo, felicitaciones!!!!!, buena mezcla entre emociones y realidades
Por: Daniela Argandoña — 2006-07-17
Realmente bueno. Es increible como logras revelar la identidad de una ciudad tan compleja como Londres.
Felicitaciones.
Por: Cristián Calderón — 2006-07-12
Muy buen artículo. Eres un gran narrador. Te felicito.
Por: Tomás Pollak — 2006-07-11
felicitaciones, está notable el artículo. un aplauso!
Por: C Edwards — 2006-07-11
Relato emocionante, bien investigado y con una idea clara. Un homenaje. Creo que la mención al gran error del policía que mató al brasileño en el Tube le daría un toque más humano, más londinense a esta columna.