La empresa real y la empresa virtual

empresa.jpg La empresa puede ser comprendida como un “fenómeno”, término que deriva del griego fainomai , que se traduce como “aparecer”. Lo real, según la “fenomenología”[1], sólo es tal en relación con un sujeto, un ente de conocimiento capaz de des‑cubrir, de re‑velar en su profundidad los objetos con vocación de ocultamiento. Para la fenomenología lo real no es lo objetivable, lo verificable empíricamente en un proceso de causas y efectos, como pretendía el positivismo, sino lo in‑objetivable, lo esencial, las transparencias que se escapan, que vencen la linealidad y que, como el éter alquímico, están donde más se piensa y menos se ven.Si hay algo que atentó contra la lectura de la empresa como organización cultural, es precisamente eso, que siempre fue entendida como una “estructura sensible”. Desde los más modestos talleres del Renacimiento, cuando se forjó en una primera instancia la urbe y la economía tal como se entienden en el presente, se configura el hábito de observar a la empresa como un organigrama, una estructura jerarquizada compuesta por “aprendices, oficiales y maestros”, por usar el más clásico de los ordenamientos.

Si bien el avance experimentado por la sociedad industrial en los siglos posteriores involucró y, en cierta medida fue resultado, del crecimiento de las organizaciones que le sirvieron de soporte, no siempre los lenguajes que le permitían explicarse, justificarse, fueron a la par de esta expansión. Y, quizá por el racionalismo implícito que contenía la economía moderna, no pocas veces se tomaron caligrafías prestadas de las ciencias que dirigieron este progreso. Primero fue la física, que con su concepción de los cuerpos como todo aquello que era aprehensible por los sentidos y el cálculo, obligó a mirar las agrupaciones humanas por lo más sensible de su constitución. Para muchos y durante largos períodos, la empresa estuvo representada por lo que se podía ver, oír, palpar, gustar, e incluso, oler de ella.

La empresa era el locus, el edificio, el frontis, las chimeneas, el humo y, en el mejor de los casos, los productos, los resultados ‑también tangibles ‑ de ahí surgidos. Penetrar en ella era una obra de ingeniería, había que excavar en cemento y metal. La fábrica poseía un cuerpo, pero su fachada de hierro impedía ver el tremendo pulmón que todos suponían dentro. La cultura, la actividad con alma, quedaba en el exterior, suspendida en la ropa callejera reemplazada por el overol. El concepto de trabajo encubría el de ocio; la idea de producción impedía el de cultura. No menos hegemónicos resultaron los códigos de la biología, otra disciplina que facilitó su habla. Y así como en el colegio generaciones completas recitaron que el cuerpo humano se componía de “cabeza, tronco y extremidades, señorita”, no fueron pocos los intentos por asimilar estas imágenes organicistas a las compañías. La empresa fue asumida como una anatomía, un esqueleto que debía su eficacia a los gerentes, la cabeza; el lugar de trabajo y la producción, el tronco, y a sus miembros lejanos ‑brazos y piernas, demandas y mercados, fuerza laboral y salarios‑ que le daban movimiento. La analogía entre cuerpo y empresa ‑facilitada por esa tendencia del hombre a verse en todas partes, en particular en sus obras‑ no ha perdido vigencia, y así como en la conciencia de muchos todavía están prendidas, encendidas las nociones derivada de la física ‑el cuerpo elemental, el átomo‑ y la biología ‑el cuerpo vivo, el organismo‑, este símil también ha evolucionado a nuevos estadios de cognición.

En el cruce del 2000, la noción de cuerpo no es la misma, y por ende, la de empresa, tampoco. Cuando Teilhard de Chardin[2] nos invita a encontrar el sentido cósmico de las cosas: - ”intuición que nos pone en contacto con todo el universo, en su proceso evolutivo, haciéndonos asumir la multiplicidad, en función de la unidad que le da su sentido”-, nuestra manera de entender el cuerpo evoluciona hacia una definición muy simple: “cuerpo es todo lo que vive ( la unidad que le da sentido) y lo que lo hace vivir (la multiplicidad y diversidad en el que está inmerso)”. Ésta nueva visión, que se deduce de su pensamiento, no sólo instaló el diálogo más allá de lo físico‑orgánico, sino que precipitó una discusión inevitable.

La evolución de la tecnología y la creación de instrumentos más sensibles que el hombre ‑microscopio y telescopio, sintetizan la extensión en ambas direcciones ‑ ya habían detonado la incertidumbre y la conciencia de que los límites de la realidad siempre se encuentran más afuera o más adentro de donde se ve. Lo real no es otra cosa que la confianza en un borde posible, en márgenes desplazados, en contornos virtuales, sin calce, en cuerpos sin cuerpo ni anatomía.

-“Yo soy parte del Sol, como mis ojos son parte de mí. Mis pies saben perfectamente que soy parte de la tierra, y mi sangre es parte del mar. No hay ninguna parte de mí que exista por su cuenta, quizás, mi mente, pero en realidad mi mente no es más que un fulgor del Sol sobre la superficie de las aguas”-, constata D. H. Lawrence[3] Las olas dibujadas por el ingreso de una piedra en la planicie de un estanque de agua, resumen ahora el cuerpo en expansión de las organizaciones y su efecto telúrico, a veces sísmico, en las sociedades. La empresa se mueve en los mercados, es una onda que se disuelve en otros. Su plusvalía no sólo está dada por su materialidad, sino por el alcance de las trayectorias, circulares o elípticas, que describe.

La empresa de hoy carece de organigrama porque es un cosmos virtual a partir de cuyo núcleo, de su roca compuesta por valores y contenidos, es posible distinguir esferas de irradiación cada vez más amplias: personas, activos, pasivos, productos, clientes, comunidades locales, cultura, civilización, constelación.
La organización productiva se ha vuelto intangible, vibra en la mente, en el sentimiento, de las personas. Aparece y desaparece en ellas. Reverbera como patrimonio simbólico.
Es a partir de este vibrato sostenido que se puede hablar del cuerpo de la empresa, de la imagen corporativa, un concepto de uso profuso ‑aunque no siempre sustancial ‑ que no hace otra cosa que referir la inmaterialidad de su sustrato

[1] Antonio Bentue “La Opción creyente”.Ediciones Sígueme” Salamanca 1986 Pag 47.

[2]Cuenot,Claude “Nouveau Lexique de Chardin.París:Ed. Du Seuil (1968)

[3] Adriana Schnake “Los dialogos del cuerpo”. Santiago Ed. Cuatro vientod (1995) cita a D.H.Lawrence en la pag. 155




Por: Tomás Pollak — 2006-06-02

don Cristián: felicitaciones por el post, y también por haberse integrado a la red de blogs!