Algo sobre terrorismo

Las definiciones tradicionales del terrorismo por lo general comparten tres elementos fundamentales. El término se aplica a un tipo de violencia que es ejercida sobre la población civil, por un grupo u organismo no-estatal, y con fines políticos determinados. Sin embargo, el escenario actual presenta algunos desafíos a las nociones que convencionalmente se usaban para precisar y comprender el problema.

Primero está el hecho de que el Estado, además de haber perdido su monopolio sobre el armamento, también ha perdido la exclusividad del uso legítimo de la violencia. En teoría, cualquier acto violento que tenga motivación política (para distinguirla del crimen común u organizado) y que sea ejecutado por una entidad no estatal, puede ser catalogado de terrorista. De hecho, cuando el Estado ha violentado a su población civil fuera del marco legal –como en el caso de los regímenes totalitarios fascistas y comunistas, o las dictaduras latinoamericanas de los 1970 y 1980– se ha denominado terrorismo de estado. En otras palabras, debe añadirse una cláusula de especificación.

Esta distinción aún es válida en la mayoría del mundo occidental que aún cuenta con un estado-nación sólido, con fronteras definidas. Pero no ocurre lo mismo en lugares donde el Estado se ha fragmentado o ha visto menoscabada parte importante de su soberanía. Ahí la situación se vuelve un poco más compleja.

En su diagnóstico sobre cómo ha evolucionado la guerra contemporánea, Mary Kaldor (New Wars. Polity, 1999) advierte que ésta es una donde no están claros los límites entre guerra clásica (violencia entre Estados), crimen organizado y abuso de los derechos humanos contra la población civil por parte de grupos sub-nacionales. En Colombia, la ex Yugoslavia, o las zonas de África donde el Estado ha sido fragmentado, ser un “terrorista” es un asunto de pertenecer a tal grupo o tal otro.

Irak es más peligroso hoy que cuando estaba Hussein porque la administración Bush no sólo descabezó el gobierno sino que también desmanteló el Estado. Eso fue un error si lo que se buscaba era la estabilización del país, pues sin un poder central que las aglutinara, las distintas facciones que componían el pueblo iraquí se vieron libres para competir por poder o autonomía. Ahora, además de que el golpe puede venir de cualquier parte, se han difuminado las líneas divisorias entre los distintos grupos armados. De hecho en Irak se ha vuelto cada vez más difícil distinguir entre bandas criminales, facciones sectarias de origen religioso, organismos terroristas, elementos insurgentes o de resistencia e, incluso, miembros de las propias fuerzas armadas o la policía.

Lo grave es que, además de todo esto, la misma naturaleza del terrorismo parece estar cambiando. Los últimos ataques en Turquía, Madrid y Londres son indicios de que este se ha vuelto más letal e indiscriminado.

Según un estudio efectuado por la compañía de seguros AON en el cual se medía el riesgo de terrorismo a nivel global, en las décadas de los 1970 y 1980 la mayor parte de las organizaciones terroristas “calibraban sus ataques cosa de producir un derramamiento de sangre suficiente para llamar la atención, pero que no alienara el apoyo del público. En cambio ahora, hay un porcentaje cada vez mayor de ataques terroristas que han sido diseñados para matar la mayor cantidad de gente posible”

La pérdida del monopolio estatal del armamento explica que haya más facilidad para contar con medios más destructivos, pero no el porqué de la motivación para usarlo. De la misma manera, un clásico escenario de anarquía implica un aumento de la violencia en cuanto cantidad, a modo de escalada, pero no necesariamente el uso de armas de destrucción masiva sobre la población civil.

Uno de los rasgos principales del terrorismo clásico era que funcionaba como una técnica para alcanzar fines políticos particulares y concretos. Además, estaba circunscrito dentro de los límites del Estado –su enemigo era tal o cual gobierno. De este modo, el organismo terrorista convencional buscaba crear una atmósfera de terror e inseguridad que, por un lado, fracture la cohesión social, y por otro, incentive una reacción de las autoridades que a su vez traspase los límites de la legalidad. Así el poder público pierde legitimidad y la causa terrorista gana adeptos o refuerza sus filas.

Brian Jenkins, autoridad mundial en terrorismo y consultor de la RAND Corporation, sintetizó esto diciendo que el terrorismo quiere a mucha gente mirando, no a mucha gente muerta. Se inscribía en el marco de publicitar una causa específica y producir represión por parte del gobierno. Por eso cuando ocurría un atentado en los 70 y 80, muy pronto aparecía algún grupo particular adjudicándose la responsabilidad –incluso a veces explicando sus motivos en pantalla. ¿Pero que sucede cuando nadie lo reclama? ¿Qué pasa si la publicidad de una causa política no es la primera prioridad, y el cálculo pragmático es reemplazado por una simple voluntad de causar daño?

John Geason en Nature of Modern Terrorism (2002, Blackwell), explica que los terroristas ya no buscan como objetivo conseguir fines (ends) sino simplemente infringir castigo (punishment). Al parecer, la enemistad no parece estar fundada sólo en una cuestión de hechos concretos sino algo más allá de los ribetes de la realpolitik. Se ha vuelto un problema emocional más que racional. Algo que tiene que ver con valores y creencias, y que es compartido por fundamentalistas islámicos, grupos nacionalista-separatistas y movimientos de extrema derecha al interior de Occidente.

Esto no debe subestimarse. Kaldor advierte como actualmente las tensiones ideológicas o territoriales están siendo suplantadas por una creciente tensión entre el cosmopolitanismo, basado en valores integradores, multiculturales y universales, y las políticas que reclaman poder político fundados en una identidad particular (la cual puede ser sub-nacional, de clan, religiosa o lingüística). De hecho, en la ex Yugoslavia hubo cooperación entre grupos étnicos rivales para deshacerse de quienes promovían integración, tolerancia y ciudadanía común. Eran vistos como enemigos porque proponían un sistema que amenaza las identidades tradicionales sobre las cuales se sostenían los distintos grupos en competencia.

La clave puede estar en que todos estos grupos tienen una actitud hostil hacia la globalización. Muchos de ellos, incluso, llegan a considerar como principal enemigo a las instituciones y las personas que la promueven. Los atentados en Turquía fueron cometidos contra la embajada británica pero también contra la sucursal del banco HSBC. El derribamiento de las torres gemelas se debió en gran medida a su carácter de símbolo del capitalismo liberal occidental. Más aún, los jóvenes musulmanes que cometieron los atentados el pasado 7 de Julio en Londres, ya ni siquiera fueron contra monumentos o edificios públicos. Le asestaron un golpe a la telaraña indispensable para todas las personas comunes, el London Underground, el alma-mater de lo que significa ser un londoner: vivir la ciudad de a pie. Juntos y revueltos unos con otros.




Por: Sebastián Lehuedé — 2006-06-22

¿Qué tan lejos está de esto de latinoamérica? No tanto. Uno de los intereses de Venezuela es tener buenas relaciones con Irán, quien incluso ha declarado creer que ese país no tiene armas nucleares.
No me refiero a que apoyar a Irán sea apoyar al terrorismo. Nunca para tanto. Sólo quiero decir que el hecho del acercamiento venezolano -y por inercia de sus amigos cbanos y bolivianos- significa que ambos comparten cierta ideología. O cierta anti-ideología, que es la oposición a la globalización.
Me pregunto si alguna vez estos problemas llegarán a Chile. Lo más cercano que hemos tenido fue el conflicto con los Mapuches y la ley antiterrorista, que es muy dura.
Saludos.