De aquí al 2026: primero está el petróleo

Desde 1986 The Economist viene publicando una edición especial anual donde hace un pronóstico de lo más relevante del año que viene. Como el 2006 se cumplían 20 años, el semanario decidió celebrar proyectando su mirada no sólo a los 12 meses siguientes, sino 20 años hacia el futuro, a cómo será el mundo en el 2026.

En cuanto a la distribución global de la riqueza, lo más interesante es que para el 2026 China habrá superado a Estados Unidos como la mayor economía del mundo.

The Economist Intelligence Unit pronostica que Estados Unidos seguirá siendo la economía más fuerte en términos de mercado y tipo de cambio (cómo las compañías intercambian y repatrían sus capitales). Sin embargo, al medirse según las tasas PPP o paridad de poder adquisitivo, es decir, el poder de compra que tiene el ingreso local, entonces China superará a Estados Unidos para el 2026.

En su artículo “The Geopolitics of 2026” (20th, p. 26), Mark Leonard intenta predecir cuál será el orden global del futuro próximo. Para eso traduce en términos de poder político las actuales tendencias económicas y se instala en una corriente de interpretación similar a la de Samuel Huntington (básicamente que en el mundo post-industrial son las diferencias culturales lo que predomina en determinar la identidad y estructura de las relaciones internacionales).

La tesis de Leonard es que, de seguir estas tendencias, el mundo del 2026 no tendrá una sola y clara potencia hegemónica, sino que estará dividido en cuatro polos o bloques: América (EE.UU. con sus amigos y lacayos), una expandida Eurozona, un bloque al alero de China, y por último algo que Leonard llama ‘Faith Zone’. Este último sería una franja o cordón que comprendería gran parte del Asia central, el Medio Oriente (conectado más que nada por el resurgimiento religioso), y los países musulmanes de África. Naturalmente, este cordón, geográficamente más difuso y políticamente más inestable que las demás zonas, será el lugar donde seguramente las grandes potencias midan sus fuerzas y balanceen sus intereses. Por ejemplo, a medida que China se desarrolle, reconoce Leonard, también crecerá su voraz apetito por recursos naturales y capital humano hasta llegar a una equivalencia con el bloque americano y europeo. Los tres se disputarán el petróleo, el agua y la mano de obra calificada a lo largo del siglo XXI.

Aunque Leonard no profundiza en el tema ni conjetura cómo se resolverán las disputas –si pacíficamente o por medio del conflicto, ya hay señales de fricción con respecto al acceso a las reservas globales de petróleo.

Aprovechando que Rusia no puede apretar sus antiguos dominios con la mano de hierro de la URSS, EEUU moviliza su maquinaria militar y económica, incrementando su presencia en el Asia Central no sólo con la guerra de Afganistán sino también ejerciendo influencia política y económica, como en el caso de Kazajstán. Aquella es una zona es rica en materias primas y recursos energéticos, además del corredor natural para la cooperación económica y militar entre China y Rusia.

China por su parte ha estado bastante tiempo asegurando su acceso a los yacimientos de petróleo preocupándose de no meter demasiado ruido. En África, por ejemplo, China lleva años presente en Nigeria, Angola, Chad, Sudán, Algeria, Gabón y Guinea Ecuatorial. La primera vez que esto se hizo significativamente público en los medios fue a raíz de la crisis humanitaria en Darfur, algo bastante reciente.

Sin embargo, a medida que China asume su status de superpotencia, va dejando de lado los reparos políticos que entorpecen su acceso a la energía que necesita para seguir llevando a cabo su intensa industrialización. En el año 2004 China usó 6.5 millones de barriles por día, sobrepasando a Japón como el segundo consumidor de petróleo del mundo (el primero es Estados Unidos con 20 millones de barriles al día).

La menor cautela en la estrategia energética de China ha llevado a que oficiales del gobierno Norteamericano hayan acusado públicamente al gobierno de Beijing de estar llevando a cabo prácticas ‘mercantiles’, un término nada amigable. La semana pasada apareció en el New York Times un interesante artículo de David Sanger que da cuenta de cómo el problema no es menor para Washington.

Más interesante aún es la guerra de Irak y lo que se está jugando en el altercado de EEUU con Irán. Visto bajo un prisma histórico y siguiendo a Leonard, ambas pueden interpretarse como dos etapas en el proceso de disputa por la energía de los grandes bloques. Más allá de los motivos electorales o diplomáticos, la oposición de los gobiernos de Francia y Alemania a la guerra de Irak tenía que ver con los tratos comerciales y el acceso privilegiado al petróleo iraquí con el que contaban ambas potencias europeas.

La reciente disputa de EE.UU. con Irán se debe principalmente al abierto desafío de Teherán, que aumenta su influencia en la zona (sobretodo en Irak) y sigue adelante con su programa nuclear, desobedeciendo a Washington. Pero también está el petróleo.

Invadir Irán no solo es caro y bastante peligroso considerando que la situación explosiva en Irak está lejos de apagarse -la anarquía y guerra civil están a la vuelta de la esquina. Una acción unilateral contra Irán tendría graves consecuencias para la imagen internacional de EE.UU., y radicalizaría aún más al mundo musulmán. Además de sus grandes reservas de crudo, Irán es políticamente sólido, su gobierno cuenta con el apoyo de la población (fue elegido vía elecciones libres), es el centro mundial del shiismo, y su gente (entre quienes hay grandes ingenieros, científicos y artistas) posee una fuerte y orgullosa identidad pues se sienten herederos de la nación persa.

A pesar de todo esto, Irán no actuaría tan resueltamente en la defensa de sus intereses si su presidente Mahmud Ahmadineyad no estuviera conciente de que al menos a dos de los cinco miembros del Consejo de Seguridad de la ONU no les conviene votar en su contra. China tiene importantes inversiones y acuerdos energéticos con Irán (de hecho China es el primer mercado para las exportaciones de petróleo iraní), por lo que no dará fácilmente el vamos a una resolución que moleste demasiado a Teherán. Y Rusia, aunque diplomáticamente se sume a los esfuerzos europeos y haga de mediador, la verdad es que su relación con Irán es bastante provechosa. Rusia invierte en su sector energético, le vende armamento y está sumamente involucrada en el desarrollo de la industria nuclear iraní.

Por otra parte, la relación con Irán puede ser de mucha ayuda para que ambos, Rusia y China, extiendan su influencia sobre el Asia central y el Medio Oriente en desmedro de EE.UU.

Es verdad que hoy por hoy el balance de poder global está inclinado hacia EEUU y sus intereses. Pero el crecimiento acelerado de China y el encarecimiento del petróleo –dos tendencias que no muestran señales de cambio- es muy probable que terminen por equilibrar el mundo en tres bloques con un peso económico y político relativamente equivalentes. La situación de Irán y el problema que está generando ya nos sugieren que las cosas están cambiando.