Torneros

En Argentina pasan cosas tan desacostumbradas para un chileno como que el crítico musical de un diario –Clarín, en este caso– escriba un libro magnífico y erudito que se ocupa de la discusión en torno a la idea de progreso, forma y representación en música. Pasa también que el autor, Federico Monjeau, haya empezado a imaginar su obra, como él mismo cuenta en la introducción, «en el estudio que el Mozarteum Argentino posee en la Cité des Arts de París», donde estuvo dos meses… ¡Toma!

El primer y más interesante capítulo de La invención musical (Paidós) comienza con un análisis de las cartas entre Arnold Schönberg y Ferruccio Busoni. En 1909 el compositor vienés quería interesar al pianista italiano en la ejecución de sus piezas del op. 11, las primeras que renunciaban definitivamente al sistema tonal que por siglos había dominado la música en Occidente. Durante el intercambio, Schönberg debe sortear las sugerencias virtuosísticas de Busoni, que encontraba que las piezas eran poco lucidas, digamos, y por ello proponía enmiendas en pos de una supuesta «perfección». Schönberg le contesta con sorna: «¿Encuentra de verdad un valor infinito en la perfección? ¿Piensa que ella es verdaderamente accesible? ¿Cree usted verdaderamente que las obras de arte deban ser perfectas? […] Yo sólo encuentro perfectas las obras de los torneros, los jardineros, los pasteleros y los peluqueros».

En Chile, por mientras, la Radio Beethoven anuncia casi todos los meses que ahora sí tiene el agua al cuello, y hay despidos y renuncias en un Teatro Municipal que hace mucho rato se hizo chico. Pero, eso sí, nos llenamos de túneles y camionetas gigantescas, todo muy lucido.
Tanto, que a veces parece que en este país estemos empeñados en la pura perfección del tornero.




Por: Cristóbal Fernández — 2006-04-27

Con este nuevo espacio… ¿Se cierra www.gonzalosaavedra.blogspot.com?